Buda

Santiago Gil  //

 

A Buda me lo encontraba muchos días con su paso cansino y sus ojos abisales por las calles de Vegueta y de Triana. Nunca lo vi inmutarse por nada, se dejaba acariciar y los niños se le subían encima como si fuera un caballo del tiovivo. 


Buda era un sabio, y quien le puso el nombre no se equivocó. Su dueño es periodista y además de los que llevan medio siglo viendo subir y bajar egos y comprobando ese tiempo cíclico que devuelven las hemerotecas al paso del tiempo.


Buda era el San Bernardo de Paco González Concepción, ese perro enorme que muchos verían durante varios años callejeando por la ciudad antigua. Murió hace unos días y la pena de Paco es inmensa.


 Los que hemos despedido a perros que llevaban muchos años con nosotros sabemos que esa ausencia solo la cura el tiempo y el recuerdo de los días luminosos, porque los perros no hacen otra cosa que enseñarnos a ser un poco más humanos a quienes se suponen que somos racionales e inteligentes. 


Cuando compraba una barra de pan ya sabía que si me encontraba con Buda me podía ir despidiendo por lo menos de la mitad de ese otro milagro de la vida que es el pan recién horneado en alguna de las pocas panaderías que van quedando en las ciudades del siglo veintiuno. Buda se levantaba desde que me veía aparecer, y  yo partía el pan por la mitad como lo parten los grandes camaradas.


A veces lo encontraba acostado entre los perros de la plaza de Santa Ana como si él también quisiera ser estatua para eternizarse en nuestro recuerdo. 


También recuerdo su barril, ese símbolo atávico de los San Bernardos, con los colores de la bandera francesa. Nunca se manifestó políticamente, pero esos colores tenían mucho que ver con su comportamiento. Buda era sereno y pacífico, un bon vivant que solo buscaba el dolce far niente de los perros buenos. Yo nunca seré objetivo al hablar de los perros. 


Llevo conviviendo con ellos tanto tiempo que podría decir que lo poco que he aprendido en esta vida se lo debo a sus nobles comportamientos. La lealtad, esa palabra cada día más pisoteada en el comportamiento humano, sigue siendo el más noble sentimiento de esos seres de cuatro patas que cuando se marchan dejan una estela imborrable de nostalgias.


Entiendo la tristeza inmensa que vive Paco González estos días. La mirada de Buda, el perro sabio, el perro zen, el perro grande y bonachón que arrastraba su pachorra por los adoquines de Vegueta, se ha quedado grabada para siempre en la memoria de todos nosotros. Lo echaremos de menos cuando busquemos una mirada serena en medio de las prisas. 


Desde hace unos días no hay nadie que reconozca el olor del pan recién horneado en la vieja panadería de la calle Viera y Clavijo. Hoy he partido un pedazo de ese pan y lo he dejado junto al banco en el que solía encontrarme con la serena presencia de un perro viejo que sabía mucho de la vida.

 

CICLOTIMIAS

 

Mejor callar y escuchar el silencio cuando duermen todos los egos.

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