El conocimiento

Santiago Gil  //

Una novela cuenta una vida nueva, y una vida es siempre una oportunidad para cambiar todos los argumentos, para acercarnos a las quimeras o para entender la condición humana y todas sus circunstancias. Conocer es saber, y cuando sabes ya puedes seguir el consejo de Nietzsche y vuelves a desaprender para volver de nuevo a las novelas con una mirada limpia y con toda la creencia en las utopías, en las palabras y en que también lo que se escribe y lo que se sueña puede llegar a ser eterno en algún lugar del tiempo.

Hace unos días terminé la lectura de El conocimiento, una novela escrita por Jonathan Allen, que me ayudó a entender un poco más el alma humana, y además el alma de los humanos que habitaron o que habitan muchos de los espacios urbanos por los que me muevo a diario. Allen ha escrito una novela siguiendo las pistas de Stendhal y de Flaubert, que eran contrapuestas pero que iban a dar al mismo camino. 

Sigue al autor de Rojo y Negro colocando un espejo en el camino y se acerca al autor de Madame Bovary emocionando con las palabras para que los acontecimientos parezcan grandiosos, cualquier acontecimiento, los que entendemos que ya lo son y aquellos cotidianos que solo se vuelven grandes cuando alguien sabe contarlos.

Aparecen Vegueta y sus familias observadas desde el espejo de la ficción, viajamos a los años sesenta y setenta, nos adentramos en la segunda guerra mundial, bajamos al infierno de los campos de concentración, al horror que aconteció lejos y al que se vivió aquí después del final de la guerra civil, pero también conocemos el amor, las primeras farras de la juventud, la vida que se abre paso a pesar de los desastres, lo lejano y lo cercano vivido como si fuera parte nuestro ese destino, cualquier destino, el funesto y el rutilante, porque todos pudimos haber sido cualquiera de los otros, porque todos somos otros cuando leemos novelas tan bien escritas como El conocimiento. 

Para escribir como lo ha hecho Allen hay que sumar muchas horas de lectura, muchos años escribiendo y corrigiendo como un galeote, mucha observación, mucha mirada más allá de lo que tenemos delante, muchas preguntas y mucho silencio en el que rebuscar en las estancias más secretas del alma. Cuando terminas la novela, sus personajes entran a formar parte de nuestros recuerdos, como una panoplia en donde se juntan los seres humanos de carne y hueso con los seres humanos que se gestan en el infinito horizonte de las palabras. 

El conocimiento del que escribe Jonathan Allen se hace necesario si queremos entender lo que acontece ahora mismo en Gran Canaria, aunque lo que expone nos ayuda a entender lo que ocurre en cualquier parte del planeta, las contradicciones humanas, sus menudencias y sus grandezas, todos esos aconteceres que va trazando la vida a medida que avanza.


CICLOTIMIAS

A veces las ventanas solo existen para evitar la frialdad de las miradas.

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