El documento

Santiago Gil  //

Para nosotros es un trámite. Para otras personas es la vida entera, su sueño, su único destino, el camino de la noche por el desierto, las aguas frías de la madrugada en los mares y los océanos, el alejamiento, la soledad, perderlo todo, atravesar fronteras a través de cordilleras montañosas, saltar vallas con concertinas que cortan la piel curtida después de miles de horas bajo el sol de los caminos, las casetas de campaña en tierra de nadie, las mafias que engañan, abusan y roban, la mirada siempre perdida en el horizonte, la ciudad devastada por los bombardeos, los recuerdos, las casas, las tiendas, los parques en los que un día jugaron, los padres que quedaron lejos, los hijos que sueñan con su regreso, la suerte o la mala suerte de haber nacido en un lugar o en otro del planeta, el azar, para los que dicen que el azar no existe, nacer en Mali o en Venecia, en Siria o en Soria, en Agaete o en Nigeria.

Se extravía, cambias de dirección,  se caduca, y tú solo pides una cita previa y te dan esa tarjeta de salida, esa posibilidad de moverte por casi todo el mundo, de trabajar, de viajar, de decidir tu destino y de saber que existes en los papeles, que solo con tu huella y con tu firma, y con una pequeña foto que te identifica, ya tienes toda la documentación en regla, lo que sueñan quienes se adentran en ese océano durante la madrugada, quienes atraviesan esas fronteras también azarosas de los mapas y de los continentes.

Ellos y nosotros, y ninguna diferencia que no sean esos documentos, pero nuestros abuelos y bisabuelos sí fueron como ellos hace tiempo, y también salieron al mar jugándose la vida camino de Cuba y Venezuela, o soñando con tener una visa para contar con un futuro, y mañana puede ser igual, mañana nosotros podemos ser como ellos, podemos perderlo todo, la nacionalidad, la casa, la patria y ese documento que hoy te entregan con eficiencia burocrática y que tú recoges como si te dieran cualquier papel sin importancia.

No todos tienen la misma suerte, y ahora que nos deseamos felicidad en las calles, en las oficinas y en las cenas familiares creo que es el momento de recordar que hay millones de personas con menos suerte, que luchan por salir adelante y por lograr algún día un pequeño documento como ese que renovamos sin darle importancia, una foto, una huella y una firma que les abra las fronteras y les permita trabajar bajo el amparo de una ley que los proteja, que les permita celebrar alguna vez un fin de año sin temer que alguien les pare por la calle y les pida esa documentación que es al final, junto con el dinero, la única frontera, lo que aleja o acerca los sueños, ese destino que tantas veces se escribe mucho antes de nacer, mucho antes de que sepamos nuestro nombre, o si ese nombre se escribirá alguna vez en una documentación que ayude a trazar sueños en cualquier parte del planeta.

CICLOTIMIAS

La suerte se siembra y luego se recoge en silencio.

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