El Festival de Música de Canarias, mucho más que un festejo

EDITORIAL DE LA PROVINCIA. 13.08.2016 | 

El Festival Internacional de Música de Canarias (FIMC) ha sido objeto de controversias relacionadas con el programa propuesto para un año de transición. Se hizo necesaria la iniciativa personal del presidente de la Comunidad Autónoma para devolver las aguas a su cauce, abierto y consolidado en treinta y dos ediciones ininterrumpidas desde su creación en 1985. Salvando las opiniones encontradas, el propósito es convocar un concurso para la designación, antes de que acabe el año, de un director de probada experiencia que restaure el modelo consolidado por una trayectoria de creciente éxito interior e internacional. El prestigio de esta gran celebración anual ha sido trabajado con tesón, inteligencia y relaciones de primera magnitud, hasta alcanzar la consideración de acontecimiento máximo de la cultura viva del Archipiélago.

Su historia, que merece ser publicada en un catálogo general, suma a las más grandes orquestas y directores del mundo en torno a la especialidad sinfónica que distingue al FIMC de convocatorias análogas, sin omitir los conjuntos de cámara especializados, la práctica de todos los géneros y los solistas estelares. El repertorio acumulado es inmenso, desde las músicas del Renacimiento hasta las vanguardias de los siglos XX y XXI. Su política de estrenos mundiales ha llegado a los compositores líderes de todo el mundo culto, españoles y extranjeros. Su voluntad de promoción de los valores específicamente canarios potenció con idéntico entusiasmo a los compositores y los intérpretes nacidos en las Islas. Y los grandes conciertos llegaron a las ocho islas habitadas con resultados espectaculares.

El Festival fidelizó año tras año un contingente significativo de abonados, sin preterir la oferta libre de entradas compartida por insulares, nacionales y extranjeros. La crítica musical desplazada a las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife llegó de varios países y expandió el respeto y la admiración que suscitaban los contenidos del FIMC. Con precios de acceso muy inferiores a los vigentes en los ámbitos similares de Europa y América, pudieron gozar de la oferta toda clase de públicos, lo que deniega las fáciles, oportunistas o interesadas acusaciones de «elitismo» que con frecuencia salieron a su paso sin comprender que la única élite en presencia era la de los consagrados que respondían a la invitación de Canarias. Después de luchar en los primeros años por atraerlos, llegó pronto el momento en que ellos mismos pedían venir, porque participar en la convocatoria canaria hacía currículum y enriquecía las biografías. Muchos de ellos celebraron sesiones didácticas con los jóvenes compositores canarios u ofrecieron gratuitamente su música en centros de enseñanza e instituciones dedicadas a los enfermos y los mayores que no podían asistir a los teatros y auditorios.

La decantación de los programas por parte de la dirección tenía muy en cuenta los gustos e impresiones de los públicos, expresados en directo y a través de las comisiones asesoras que colaboraron con la dirección. Pero también ensanchaban las preferencias expresadas con músicas infrecuentes por su condición histórica o por su audacia renovadora. La selección de cada año tenía como premisa cardinal la garantía de la calidad y el talento. Nunca hubo espacio para el totum revolutum en que todo vale, o, lo que es igual, impera el criterio cuantitativo sobre el cualitativo. Los años de la crisis, aún no superada por el país ni por la autonomía, impusieron la desaceleración de la frecuencia, nunca de la calidad. Es lo que intentan las primeras convocatorias del mundo, sin resquicio a la multiplicación de lo mediocre o inadecuado. La partida principal del presupuesto sigue siendo pública y, aunque muy recortada, resulta indispensable para sostener una digna transición.

La trigésima tercera edición, que tendrá lugar los meses de enero y febrero del año próximo, equivocó un presunto cambio de rumbo que no incluye nada que no se haya hecho en las anteriores; eso sí, con el juicio selectivo de la calidad y talento. Circunstancias conocidas de todos desembocaron unilateralmente en una provisionalidad indeseada que puede causar grave daño en la fidelización de los públicos sin captar a otros con citas de andar por casa. Todo lo que está vivo responde, evidentemente, a una dinámica de cambio. De cambio a mejor, aunque las coyunturas impongan la limitación cuantitativa. Canarias sabe conservar, renovándolas sutilmente, todas sus consecuciones culturales. En el campo de la música, la Sociedad Filarmónica de Las Palmas de Gran Canaria tiene más de 160 años de experiencia, continuidad también atribuible a la Orquesta Filarmónica de la Isla en sus sucesivas formas y nominaciones. Las temporadas líricas de Amigos Canarios de la Ópera celebrarán el próximo año sus primeras cincuenta convocatorias sin fallar un solo año a pesar de los avatares que sus admirables directivas han tenido que resolver y superar. En momento alguno se les ha ocurrido solventar problemas económicos suprimiendo escenografías en versiones de concierto, ni, mucho menos, rebajar la idoneidad de los directores y cantantes, pasarse a la opereta o probar con los musicales, géneros, todos ellos, meritísimos, pero cada uno en su esfera.

La durabilidad de las instituciones de cultura es uno de los títulos de honor que ennoblecen nuestro Archipiélago. En la intimidad del acontecimiento está siempre el alma de lo que merece seguir y crecer en la medida que permiten las circunstancias económicas y sociales. Nunca ceder a la vulgaridad que entra en los ámbitos del espíritu cual elefante en cacharrería. Consentirlo sería traicionarnos, desnaturalizarnos, prestar oídos a la impugnación grosera que se permite desdeñar los valores pregonando contravalores en nombre de la evolución. El presidente Clavijo ha reaccionado adecuadamente y en él, junto a la comisión asesora que le ha alertado del riesgo, cabe poner la esperanza de la restauración tras el festejo de 2017.

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