El Museo Reina Sofía incorpora a su fondo ‘Amor hasta los huesos’, de Juan Ismael

El principal Museo de Arte Contemporáneo de España acaba de adquirir por 16.000 euros la obra ‘Amor hasta los huesos’ del pintor majorero Juan Ismael, según informa Concha De Ganzo en el diario La Provincia.

Explica Concha De Ganzo que el cuadro pertenece a su etapa más productiva, tal vez más sobresaliente, la de los años treinta del pasado siglo, como destaca el escritor y amigo personal del artista Carlos Pinto.

Los fondos del Museo Reina Sofía deben parecerse mucho a esa cueva del tesoro en la que dentro de inmensos cofres sobresalen obras de los más grandes. Envueltos en cómodos abrigos, en aislantes que impidan su deterioro, por estos sótanos del arte han coincidido piezas de Picasso, Juan Gris, Dalí, Miró, Francis Bacon. También cuadros y esculturas de artistas canarios como Óscar Domínguez, Millares, Chirino, César Manrique y Juan Ismael. Todos ellos compartiendo ese espacio mágico, en el que las obras, estas piezas únicas aguardan, esperan el momento justo en el que puedan volver a escena, regresar a una de las salas del Reina Sofía, para que miles de visitantes puedan detenerse y disfrutar de ellos.

El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía ya contaba con otras dos piezas del creador, nacido en La Oliva. ‘La Musa en la Tierra’ de 1939 y ‘Ave Fénix’ de 1971.

Las obras de Juan Ismael permanecen en los fondos del Museo y suponen la apuesta de esta pinacoteca por contar con el mayor número de piezas que representen lo mejor del mundo del arte en sus distintas manifestaciones plásticas y de vanguardia del siglo XX.

La obra de Juan Ismael no sólo ha compartido espacio en estos sótanos del tesoro también ha formado parte de dos importantes exposiciones colectivas, en las que se ha podido contemplar la obra de este maestro del surrealismo.

En febrero de 2002, el Reina Sofía organizó la muestra: De Picasso a Tàpies. Claves del arte español del siglo XX. Y para reflejar uno de los movimientos artísticos más importantes y que más relación directa mantiene con Canarias, el Surrealismo, se contó con cuadros de Óscar Domínguez, Ángel Ferrant, Juan José González Bernal, Joan Miró y Juan Ismael.

Lo mismo sucede en la exposición que organiza el Museo en junio de 2003 ‘Arte para un siglo. Colecciones del Museo Reina Sofía. Vanguardias (1925-1939)». En este caso junto a obras de Joan Miró, Salvador Dalí y Domínguez aparece nuevamente el trabajo de Juan Ismael, dentro del apartado ‘vanguardias de interior».

Con el paso del tiempo, resulta más difícil llegar a comprender por qué la obra, y el talento de este artista majorero no ha tenido una mayor repercusión. Su vida está plagada de sucesos casi novelescos y aun así, ni esas circunstancias han logrado reactivar la atención que merece como artista y como figura destacada de la cultura insular.

Tal vez como el propio Juan Ismael le contó con cierta ironía al escritor y propietario de la galería Artizar, Carlos Pinto, cuando lo visitaba en su casa de Gran Canaria, «mi obra está hecha para la posteridad». Fue una forma sutil de mostrar su aparente resignación, ante la dureza que supone ver cada día como sus creaciones pasaban desapercibidas. Quizás porque en aquellos momentos el surrealismo no estaba de moda, o peor aún, porque él no formaba parte de los artistas con más cartel. Para Carlos Pinto, la única razón que encuentra para que el trabajo de este gran pintor no haya tenido el reconocimiento que se merece se debe sin duda a la mala suerte de Juan Ismael, «siempre estuvo en el peor lugar en el que se podía estar. Cuando estalla la Guerra Civil, él está en Galicia, y sobre su figura sobrevuela un sambenito de facha. Cuando cree que le van dar un cargo, descubren que era masón, y lo dejan sin nada, gran parte de su obra desaparece en Madrid. Sólo teniendo en cuenta su azarosa vida, se puede entender el gran desconocimiento que hay sobre él».

La vida de Juan Ernesto González Mora, nombre real de Juan Ismael, resulta bastante azarosa. Pronto su familia deja Fuerteventura y se instalan en Tenerife. Allí estudia por las noches en la escuela de Artes y Oficios. Tras la muerte de su padre se van a Gran Canaria. Con apenas 20 años, Juan Ismael entra en contacto con la Escuela Luján Pérez, donde comparte inquietudes con Felo Monzón, Santiago Santana, Plácido Fleitas y Jorge Oramas, además trabaja en un laboratorio fotográfico como retocador.

En 1931 decide probar suerte en Madrid y entra en contacto con los artistas de vanguardia que se movían por la capital. Mantiene una gran amistad con Maruja Mallo. Su pintura transita por los distintos estilos emergentes: el indigenismo, metafísica, surrealismo.

Le causa una gran impresión la obra de Óscar Domínguez. Juan Ismael se encuentra en un momento trascendental. Expone en el Ateneo de Madrid y su trabajo recibe un aluvión de alabanzas. Se habla del pintor majorero como de una figura prometedora. Además, asiste a clases de cerámica y trabaja en diferentes talleres. También se ejercita como poeta e ilustrador gráfico. El hijo de la pianista de la Casa de los Coroneles se convierte en un artista multidisciplinar.

Días antes del 18 de julio de 1936, Juan Ismael se encuentra de vacaciones en Galicia, un amigo lo invita a descansar del ajetreo que se vivía en Madrid. Como señala su ‘hermano pequeño’, Carlos Pinto la suerte le juega una mala pasada y el pintor no puede estar en un lugar peor. A partir de ahí sobrevuela sobre su figura una especie de sambenito de artista ‘facha’. Además, en Madrid donde se encontraba su taller desaparece gran parte de su obra. Comienza su declive. Después cuando termina la Guerra cree que lo van a nombrar Director de la Escuela Nacional de Cerámica pero en cambio el nuevo régimen descubre su relación con la masonería y lo condenan al destierro en Canarias.

En las islas sigue teniendo el apoyo de grandes amigos, como Pedro Pinto de la Rosa, abuelo de Carlos Pinto, y que no duda en prestarle su protección.

En Tenerife llega a trabajar en los decorados y participa como actor en la obra de su amigo Pedro Pinto ‘El hombre que volvió’. Muere su protector y además en los años 50 tiene una hija, Leonor, que nace con síndrome de Down.

En Canarias se viven momentos delicados para los artistas. Muchos deciden hacer la maleta y se marchan a Venezuela, Pedro González, Felo Monzón y también Juan Ismael. En este exilio permanecerá hasta 1966, allí gana dinero pero la mayor parte de estos ingresos los destina a la clínica López Ibor donde se encontraba su hija. De Venezuela regresa dispuesto a instalarse en Madrid, pero una vez más no consigue lo que se propone y debe volver a las islas. El poeta Eugenio Padorno logra que lo contraten como dibujante en el Instituto de Agüimes. Vuelve a pintar y en los años setenta parece que resurge su obra. La familia Pinto, que nunca se olvidó del gran amigo que fue, mantiene su apoyo incondicional hasta su muerte en agosto de 1981.

Para el catedrático de Historia del Arte, Fernando Castro la vida de Juan Ismael está plagada de episodios oscuros y misteriosos que él mismo se encargaba de oscurecer aún más. «No menos enigmática que su vida fue su pintura, rica en referencias simbólicas que no cabe adscribir a una sola fuente iconográfica». Y tal como afirmaba Eduardo Westerdahl en Juan Ismael «no ha existido otro beneficio ni otra influencia que no fuera la de su segregada personalidad».

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