El parpadeo de los dioses

Santiago Gil  //

 

No nos conocemos. Nos miramos en los espejos pero no nos vemos. Eso fue lo que nos dijo Toño Cuesta antes de que nos subiéramos a un taburete para dejar que una cámara descubriera lo que no llegamos a ver nunca de nosotros mismos. Escribo este texto sin saber lo que vio Toño en mi fotografía, pero estoy seguro de que buscó donde yo paso de largo, como pasamos de largo tantas veces delante de nuestra propia sombra.


La fotografía sigue siendo mágica en el papel. Atrapa el tiempo y nos atrapa a nosotros dentro de ese aura de colores que nos da forma y que nos devuelve nuestra propia mirada. Podría decir que sí logra atrapar el alma porque el alma es lo intangible y, aunque toquemos la cara o los brazos de una fotografía, nunca lograremos acariciar la carne: también es inasible, alquímica, y cuando no quede nadie que nos reconozca por fin será misteriosa. Seremos misteriosos para quienes nos observen.


Así somos, pero creemos que los demás nos reconocen o que nos reconocemos nosotros mismos, y sin embargo seguimos sin saber para qué respiramos y por qué caminamos por esta esquina del tiempo tan sorprendente y tan incalculable. Precisamos de espejos en los que mirarnos como si fuéramos personajes de novelas, invenciones soñadas o escritas en alguna parte.


La exposición de Toño Cuesta se titula Íntimo y Personal y se podrá visitar en el CICCA, en la Alameda de Colón de Las Palmas de Gran Canaria, hasta el próximo 5 de abril. A partir de las fotografías que fue sacando, Toño Cuesta dibujó en grafito sobre papel, con un formato de 100 centímetros de alto por 70 centímetros de ancho, a cuarenta personas cercanas con la mirada  de sus trazos, siguiendo el rastro de cada uno de nosotros en el lápiz que fue dibujando contornos como quien crea en medio de la nada un rostro humano. 


A veces solo nos entendemos desde el arte, como se entendieron nuestros antepasados en las cuevas, contándonos historias, tarareándonos melodías y dibujando caras y figuras que nos cuenten y que nos salven de la voracidad del tiempo, de esa condición incierta y efímera del ser humano. Toño llevaba muchos años dedicado a la docencia como catedrático de Dibujo. Su retorno al mundo del arte, a la búsqueda de lo que está más allá de todos los horizontes, es sin duda una gran noticia para las artes plásticas de la isla.


Creo que los retratados por Toño Cuesta somos seres afortunados a los que alguien dedicó su mirada y su talento para tratar de descubrir lo que casi siempre está en un segundo plano, o no aparece, o simplemente se esconde, como creíamos cuando éramos niños que se escondían los fantasmas en nuestras casas. Si se apaga la luz de la sala desapareceremos como si fuéramos un parpadeo de un dios lejano; pero mientras estemos en ese fondo blanco estaremos a salvo de nuestra propia ausencia.

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