Kraus

Santiago Gil  //

No solo existe lo que vemos. En su última novela Auster habla de que el mundo se compone de dos reinos, el visible y el invisible. Esos mundos invisibles nos abren puertas por todas partes, aun cuando no seamos capaces de ver muchas de ellas. El otro día un amigo me comentó delante del Auditorio que esa zona de Las Canteras tenía una gran fuerza magnética.

Él hablaba de confluencias de energías. Hace tiempo que me muevo entre el escepticismo y el respeto, que ni creo ni dejo de creer en algunas cosas, y que trato de quedarme con lo mejor de lo mágico y de lo científico, con lo concreto y también con lo abstracto, con lo que se comprende y con lo que queda en esa nebulosa que aparece entre lo esotérico y lo atávico.

Sí es cierto que en esa zona de Las Canteras me siento muy relajado, aunque ese estado lo genera siempre el mar, ese bálsamo y ese sonido que sosiega cualquier espíritu alborotado. Puede que esas energías de las que hablaba mi amigo tengan mucho que ver con lo que se genera en muchos de los conciertos que se celebran en el Auditorio Alfredo Kraus, y que la propia música quede para siempre entremezclada con la brisa y con el viento costero.

También puede que suceda igual con los cines y con los teatros. Toda esa magia que se genera tal vez sea la que luego hace que esos lugares sean tan especiales, como pasa con esas casas en las que uno se siente de maravilla desde que atraviesa el umbral y con aquellas otras en las que, no sabes por qué, solo te apetece poner pies en polvorosa y alejarte cuanto antes.

Hay personas con las que sucede lo mismo, y hace tiempo que trato de alejarme de quienes están todo el día quejándose o lastimándose de su destino. De las buenas vibraciones puede que dependa luego la armonía de todo los que nos rodea. Miles de personas enamoradas en un mismo lugar creo que revolucionarían por completo la manera de entender y de ver lo que tenemos delante.

Ese mismo amigo habla de esos locales sobre los que parece que alguien lanzó una maldición: por más que cambien los negocios o los escaparates siempre están vacíos y desolados, como si esas malas energías hicieran pasar de largo a todos los que se acercan.

En el Auditorio sí creo que quedó la presencia de Alfredo Kraus para siempre. Recuerdo el día en que lo inauguraron y me tocó entrevistarlo pocos minutos antes de que descubrieran la placa que lleva su nombre. Aquel artista siempre centrado, calculador, exigente consigo mismo y con su arte, dejaba escapar algunas lágrimas recordando a su amor, Rosa Ley, recientemente fallecida, al mismo tiempo que evocaba una vida entera dedicada a perfeccionar su voz y su canto.

Toda aquella energía de Kraus, como la que dejó en un concierto unos meses después en el propio Auditorio, creo que es parte de esa magia que mi amigo reconoce desde que llega a La Cícer y pisa la arena de la playa.

CICLOTIMIAS

La arena les viene bien a quienes se creen eternos.

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