La digestión

Santiago Gil //

 

No hay tiempo. No dejan tiempo. Todo se nos va en correr de un lado para otro, en leer apresuradamente lo que será olvido en menos de una hora, en buscar otros titulares, otros versos, otras frases lapidarias, otras fotografías, otras películas, otras series, otros partidos de fútbol, otros estímulos que no dejen que pensemos, que nos mantienen activos para que no nos detengamos, una carrera alocada hacia ninguna parte, sin norte ni sur, sin este ni oeste, todo el rato hacia delante sin levantar los ojos de las pantallas.

 

Ayer me hablaba un amigo de lo efímero que era todo últimamente, no solo lo que se publica en las redes sociales o en las ediciones digitales de los periódicos, también nuestra vida diaria se nos está yendo de las manos sin que seamos capaces de pararnos a vivir lo real, lo que realmente es importante, la mirada hacia dentro, la mirada hacia quien amamos, la mirada hacia quienes pasan a nuestro lado, la mirada a la calle por la que transitamos a diario, la mirada al océano o a la montaña, ese pájaro que canta, esa nueva estación que se va asomando entre las ramas de un árbol que vio caer las hojas en otoño, porque los árboles sí continúan con los ciclos de la naturaleza, con esa vida eterna que se gesta cada segundo sin que nos demos cuenta, el milagro que hace que se mueva cada uno de nuestros músculos, el cerebro que descifra las letras y nos hace volar lejos, más lejos que el árbol y que el pájaro, tan lejos como llegue nuestra imaginación, tan remotamente lejos como las alas de algunas palabras.

 

Todo se mueve, y eso es lo mágico de este paso fugaz por el planeta; pero si seguimos comiendo sin digestiones, sin reposo, todos esos alimentos nos terminarán matando o haciendo que nuestra vida no tenga más sentido que masticar y masticar hasta reventar como bárbaros. No nos dejan tiempo para que se asienten ni las palabras ni los libros que leemos, aunque cada vez se leen menos libros, justamente porque los libros, para que tengan sentido, requieren de silencio, concentración y una cierta lejanía del ruido que nos distraiga de las metáforas y de los argumentos. También requieren de esa mesura las noticias que leemos, y las películas, y por supuesto esas fotografías de las que solo vemos lo que se aprecia al primer golpe de vista.

 

Los que sabemos que el viaje más largo lo puedes emprender mirando un atlas o leyendo un libro, creo que tenemos el deber de no dejar que la velocidad que quema todo lo que enseña apenas un instante arrase con la posibilidad de que seamos diferentes, de que cada uno haga su camino, y de que cada cual digiera como han de digerirse los alimentos después de un almuerzo. Si detrás nos espera otro plato, otro texto, otra imagen, y  si suena el pitido de un aviso todo el rato, acabaremos sin digerir ningún alimento que nos salve o nos haga crecer como seres humanos.

 

CICLOTIMIAS

 

El espejo también refleja la vida que queda en la mirada.

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