La música que suena

Santiago Gil  //

Podemos ir por la calle escuchando voces, ruidos de coches, cantos de pájaros o el eco de nuestros propios pasos. Pero también podemos caminar en medio de la gente escuchando a la Sinfónica de Chicago, a Bruce Springsteen o a Jorge Drexler, y uno entonces camina pero está en otra parte, en ese universo al que conduce siempre la música, recreando momentos que quedaron unidos a unas notas musicales o que aparecen cuando suena un solo de violín que es capaz de detener el tiempo.

Hace unos días, los que están detrás de mi dispositivo móvil me invitaron a que dejara que fuera Siri, esa asistente virtual que nos terminará conociendo mejor que nuestra propia conciencia, la que eligiera mi música de la biblioteca musical que llevo a todas partes. Imagino que Siri conocerá nuestro estado de ánimo después de calibrar lo que leemos, las páginas que visitamos e incluso el tiempo previsto para las próximas horas.

No debería escribir esto, pero reconozco que sus algoritmos aciertan en un noventa por ciento de las veces, y que me sorprende cómo combina melodías. Me recuerda a lo que hacía en la adolescencia con aquellos discos que iba colocando uno encima de otro para que fueran sonando durante tardes enteras sin saber que aquella combinación azarosa es la que ahora une a unas canciones con otras cuando silbo o tarareo por la calle. El otro día, por cierto, había una feria de coleccionistas en la Plaza de Santo Domingo de Vegueta, y de las cosas que más le llamó la atención a mi hija fueron los tocadiscos.

No eran gramófonos como los que había en casa de nuestras abuelas sino tocadiscos que utilizamos cualquiera que viviera su juventud en las últimas décadas del siglo XX. Me costó mucho explicarle lo de la aguja que iba surcando el disco y haciendo sonar esas melodías que llevan el roce de esas agujas en nuestros recuerdos, con  sus pequeñas imperfecciones tan grandiosas. Pero yo les hablaba de la música que ahora elige Siri por nosotros, y entre esas elecciones se decantó el otro día, cuando pasaba delante de la catedral de Santa Ana, por la Novena Sinfonía de Beethoven.

De repente empezó a sonar la parte coral del final de la Sinfonía y esa alegría del poema de Schiller se confundía con las campanas que empezaron a repicar de repente, y recordé a Beethoven el día de su estreno, sordo, siguiendo la música en la partitura, sin darse cuenta, hasta que no le avisaron, de que estaba todo el público en pie y aplaudiendo a sus espaldas.

Si le hubiera preguntando a Siri seguro que me hubiera dado hasta la hora exacta de aquel concierto, pero yo prefiero quedarme con ese milagro de poder escuchar los violines en cualquier calle o en cualquier plaza del planeta. Y esa música y esos milagros tecnológicos hacen que siga creyendo en el ser humano.

CICLOTIMIAS

Hay trazos de tinta que cambian los destinos de quienes logran descifrarlos.

 

 

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