La noche

Santiago Gil  //

Todas las noches se parecen. Desde la oscuridad,  las calles y las gentes parecen sombras. Da lo mismo la ciudad en la que habites o las luces de las grandes avenidas, el fugaz parpadeo de los coches o el neón de los anuncios.

La noche desnuda todas las almas y deja a los ojos sin horizontes lejanos. Uno se asoma más a sí mismo o sueña que duerme cuando duerme o que duerme cuando sueña, a lo mejor sin saber que está despierto en otra parte. La noche es como un gran agujero negro en el universo de lo cotidiano, un misterio que se queda entre dos soles como esos pájaros que se extravían en los vuelos transoceánicos.

Durante muchos años, el fotógrafo grancanario residente desde hace lustros lejos de la isla, Rafael Arocha, ha retratado la noche en muchas ciudades en las que ha vivido o ha estado de paso, la noche de las discotecas, la de los pubs o la de esos bares últimos de la madrugada de los que escribiera Gil de Biedma, los bares que saben de amores y de búsquedas insondables en el fondo de los vasos o en esas miradas efímeras que aparecen y desaparecen en el resplandor de los focos.

En la exposición que estos días se puede visitar en el CICCA nos asomamos a los gestos, a los escorzos, a los bailes, a los saltos, a los soliloquios, a las pestañas o a los cabellos que se agitan como la espuma de una playa en la revoltura de esas aguas metafóricas que se mueven con la música, sonidos que siguen nuestros pies y nuestras manos, como enganchados a Hamelines que nos llevan de un local a otro local buscando el fondo de una mirada que nos salve. Las fotos de Rafael son en blanco y negro, porque de alguna manera todo se vuelve blanco y negro cuando tratamos de sacar la noche de la noche y traerla a la mañana siguiente.

Las miradas y los gestos nos llevan al principio de los tiempos, a las conquistas y a los juegos, a la búsqueda incesante antes de que el sol borre todo lo que queda fuera del criterio diario. La noche es otro reino, otro destino, a veces prohibido y a veces laberíntico y colmado de excesos.

Son muchos los que se quedaron en la noche y no quisieron regresar a la coherencia ni a los días laborables, y aunque haya pasado el tiempo todos los que fuimos habitantes de esas madrugadas nos reconocemos en la magia de las imágenes que ha logrado inmortalizar Rafael Arocha. William Faulkner, cuando buscaba la razón de la literatura, decía siempre que era como una cerilla que uno enciende en una habitación oscura para asomarnos unos segundos a los misterios de la oscuridad. Arocha, con su cámara y sus flashes, también logra lo que buscaba Faulkner, y nos enseña la vida como un reflejo que se pierde más allá del tiempo, tal vez en todas las noches en donde nosotros también fuimos buscadores de utopías y de versos, de amores y de sueños que se quedaron en los lejanos parpadeos de los focos.

CICLOTIMIAS

Las arrugas del tiempo también escriben su destino en las paredes de la calle.

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