La política de la insolencia

Santiago Gil  //

No han llegado de la noche a la mañana, se les veía venir desde hacía tiempo, se les escucha cada vez más alto en las barras de las cafeterías y en las tertulias televisivas y radiofónicas, y sobre todo aparecen en las redes sociales, insultando, mintiendo, manipulando y no dejando que haya hueco para un debate sosegado.

 Nunca nadie tiene siempre la razón. Hay otros puntos de vista, y está bien sentarse y escuchar, y está mejor sentarse y exponer sin tratar de convencer a nadie, con datos, con argumentos, con razones que no busquen las vísceras y lo que los humoristas llaman la risa fácil, porque es fácil decirle a quien no tiene trabajo que la culpa es de los que vienen de lejos a buscar un futuro, o enseñarles un enemigo cercano con una piel o una creencia diferente. Pero para llegar a todo eso, primero hay que atontar a las masas, darle protagonismo a insolentes y malcriados en casi todas las parrillas televisivas, publicar muchos libros pero alejar todo lo posible la literatura, programar canciones machistas y racistas, tirar muchos voladores, poner todo el dinero en carnavales en lugar de en bibliotecas, aquí y en Pekín, pero en Pekín todavía es peor, porque aquí, en Occidente, habíamos recorrido un largo camino de consenso después de muchas guerras y de conocer a donde nos llevaban siempre los extremos.

Los nazis no fueron una invención literaria. Todo el mundo debería visitar Auswitch por lo menos una vez en su vida. Apareció Trump, en Inglaterra votaron a favor del Brexit, Putin campea a sus anchas sembrando empresarios y medios de comunicación por medio mundo, Maduro sigue vulnerando todos los Derechos Humanos, Orbán hace años que gobierna con mensajes fascistas, y Salvini deja morir a los niños en el Mediterráneo para que le voten los que creen que esos niños son los enemigos que vienen a quitarles el trabajo. Pasó con el crack del 29, y ahora está pasando después de la caída de Lehman Brothers. No cambia nada. A Hitler también le votaron los alemanes, como a Trump, y como Brasil acaba de votar a Bolsonaro.

Da lo mismo que ahora matice su programa. Quienes le votaron sabían que era racista y que condenaba la homosexualidad. Eso es lo que me preocupa, lo fácil que está siendo convencer a las masas, aun con esos mensajes excluyentes. Y me preocupa que convirtamos en referentes a todos esos futbolistas que apoyaron a Bolsonaro. Una cosa es darle patadas a un balón y otra ser un referente en los medios de comunicación o en la vida pública. Cada vez hay más referentes como esos futbolistas, y cada vez hay más insolentes en todas partes. Bolsonaro no viene de la nada. Aquí ya ha aparecido Vox, en el río revuelto de la mediocridad, la crisis económica y la exaltación mediática de los que más gritan y menos saben.

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