Las razones de un fiasco

Concluida la edición, el balance no puede ser más mediocre y desalentador en participación social

Guillermo García-Alcalde //

Por desgracia, el 33er Festival de Música de Canarias confirmó y aún agravó las razones del pesimismo ante su programación. La línea y el prestigio de las 32 ediciones anteriores ha sido masacrada con provocadores desafíos a la bien ganada fidelidad del público, que desertó en masa. Vimos el único aforo lleno en el concierto de clausura, por ser, a su vez, el que mejor reflejaba el modelo consolidado en tres décadas largas de idóneo correlato de la inversión pública, el patrocinio privado y la respuesta social. Los quince conciertos ofrecidos en la isla de Gran Canaria incluían siete procedentes de la gestión anterior, y no es casualidad que, aún llenándose uno solo, fueran los más concurridos. Sin necesidad de estadísticas, los vacíos saltaban a la vista de cualquier observador, incluso en los pequeños espacios alternativos. El público habitual, despreciado por la actual dirección, no tuvo reemplazo en el pregonado público nuevo que ni siquiera con el regalo de entradas se dejó ver ocupando vacíos.

Erróneo cambio de modelo

El Festival nació en 1985 para enriquecer la presencia sinfónica en la vida cultural del Archipiélago. Siempre, hasta ahora, había sido una cita de grandes orquestas con ilustres directores, sin descuidar las formaciones de cámara y/o los solistas más prestigiosos del momento, siempre según posibilidades del presupuesto. Este año se convirtió por las buenas en un festival de cámara, con la única excepción de las dos orquestas canarias. Para hacerse aceptar, limitaron el abono a cinco conciertos (cuando siempre había incluido la totalidad), creando torpemente una programación A y otra B, un festival y un subfestival al parecer indigno de estimular el abono. Bajaron a la mitad los precios de abonos y localidades sueltas, regalaron miles de ellas y, pese a ello, la imagen de las salas grandes y las pequeñas fue desoladora en su mayoría. Habría que saber qué pensaron ante ese paisaje los artistas que vinieron en años anteriores, así como los extranjeros residentes que son público habitual.

Sin duda quedó degradada la marca Canarias en el espacio cultural europeo, donde los festivales anteriores habían ganado respeto y admiración. Los críticos llegados de varios países estuvieron ausentes en su totalidad. El Gobierno autónomo tendrá que valorar la utilidad de una aportación tan mal invertida, que en el inmediato pasado cualificó la oferta insular más allá del manido sol y playas.

Y no es, ni mucho menos, que las orquestas o conjuntos de cámara fuesen malos sin excepción. Al contrario, hubo calidad en la mayoría, y así lo hicimos constar. A los malos, mejor olvidarlos. Lo que ocurre es que, a excepción de la Mahler Chamber y el Mozarteum, los demás pueden ser programados, y lo son, en otros contextos culturales del Archipiélago sin el nivel de excepcionalidad que es -o era- la esencia del Festival.

Ausencia de un público nuevo

La desafección del público que paga es, en definitiva, lo más grave de esta fracasada edición. Cerraban zonas enteras de las salas para concentrar los asistentes en las más visibles, retiraban muchas filas de la venta con la -frustrada- intención de poblarlas mediante el regalo, vimos con frecuencia cómo se repartían flejes de entradas en los accesos de los recintos, etc. Y era penoso observar que la gratuidad no respondía al noble propósito de franquear el goce artístico a quienes no pueden pagarlo, sino a paliar la visibilidad del fracaso.

Tampoco funcionó la costosa dispersión de los conciertos en cincuenta espacios, casi vacíos en la mayoría de los casos, según informaciones no interesadas ni manipuladas. Hacía muchos años que las Islas no capitalinas estaban en la programación del Festival con arreglo a pautas prudentes y bien contrastadas, sin tirar la pólvora en salvas demagógicas ni utilizar locales de mala o pésima acústica.

Mínima cuota canaria

El caos de lo vendido y lo regalado deberá figurar con absoluta precisión en las cuentas cerradas de este Festival. Es descartable la malversación y la prevaricación con datos falseados o recursos añadidos fuera de presupuesto para solapar un déficit en el capítulo de ingresos, pero los grupos parlamentarios están llamados a verificarlo, como en cualquier otra inversión publica.

Además de la inexistencia del nuevo público que esperaban crear, son varias las promesas frustradas. Solo cinco, de las 78 programadas, fueron obras de compositores canarios (o residentes en Canarias). Tres de ellas no eran estrenos, y de las dos estrenadas, una no figuraba en programa al ser cambiada por su autor a última hora. En cuanto a intérpretes canarios, exceptuando a las dos orquestas sinfónicas que son presencia obligada y constante desde 1985, y el coro de la Filarmónica, fueron 15 entre varios centenares. Cifras que hablan por sí solas de la también pregonada canarización del Festival.

Finalmente, los programas de mano de los conciertos. Tan solo cinco incluyeron notas informativas o glosas sobre las composiciones, y esos cinco eran exactamente los de los conciertos de abono. Los asistentes al Festival B o subfestival fueron víctimas de otra de las novedades de esta malhadada edición.

En definitiva, un conjunto de previsiones incumplidas, desviaciones y errores que deberían renunciar al nombre de Festival Internacional de Música de Canarias y llamarse de cualquier otra manera. Sería salvar la imagen de un historial de excelencia, superación y prestigio hasta que el Gobierno decida recuperarlo. Cuando se quiere hacer otra cosa, lo justo es que se llame de otra manera. Hay lugar para todo, pero usurpar un gran logro de las Islas es muy mala y fea cosa.

NOTA.- Publicado en La Provincia el 7 de febrero de 2017.

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