Los sumergidos

Santiago Gil // 

 

Nunca pierde la calma ni la sonrisa. Lo he visto en momentos muy difíciles mantener ese temple y ese saber estar del que hablas. No es fácil encontrarte con gente así. Jamás le he oído una mala palabra de nadie, y cuando hablan de sus logros cambia inmediatamente de conversación y se sonroja como un adolescente al que le descubren un amor que no le había contado a nadie. Siempre que estás a su lado, parece como si se serenara el tiempo. No es fácil encontrar personas así en un mundo cada vez más cainita y más dado a las poses y a las insolencias.

Vive lejos y regresa algunos veranos. Da clases en una universidad y cuando te recibe en esa ciudad lejana te enseña museos, plazas y pequeños cafés en donde uno querría estar toda la vida viendo pasar a la gente desde la cristalera. Su vida personal no ha sido fácil, pero jamás le he escuchado una sola queja. Lo perdió todo de un día para otro y prefirió el duro camino de la soledad antes que estar buscando fuera lo que él ya sabía que solo iba a hallar en sus adentros. Lee todo lo que puede, y escucha música como si escuchara al oráculo de algún Dios que le estuviera descubriendo el secreto de la existencia.  

Una tarde de sobremesa, después de haber almorzado y de haber disfrutado de uno de esos vinos que a veces abren puertas secretas del alma, le pregunté que cómo conseguía mantener siempre ese semblante risueño de quien parece que acaba de encontrar al amor de su vida en el cruce de alguna calle. Me contestó que se sumergía. Yo pensé que bromeaba, pero luego añadió que siempre que puede se recuerda en agosto, en los veranos del norte de la isla de Gran Canaria, metiéndose con las gafas y el tubo debajo de las aguas del océano. Recrea entonces ese silencio abisal de los fondos marinos y recupera el paso veloz de un cardumen de lebranchos, la luminosidad de las viejas, las fulas y los gueldes, y aquellas estrellas de mar que miraba moverse entre las rocas de los fondos oceánicos. 


Me miraba a los ojos mientras hablaba y yo llegué a vislumbrar en aquella ciudad continental y alejada de la costa ese mar que recreaba con la sonrisa del niño que está a punto de entrar en el agua. Me dijo que a veces, cuando regresa en verano, se sumerge en esos mismos fondos, pero que ya no encuentra los peces de entonces. Por eso prefiere sumergirse con los ojos abiertos cuando todos piensan que está viviendo el presente. 


Si se le derrumba el mundo, o le anuncian una muerte cercana, se sumerge sobre la marcha escuchando a lo lejos ese sonido como de cristales rotos que nos llega cuando estamos en el fondo del agua. Cuando me contaba todo eso nevaba sobre uno de esos parques con lagos y con árboles deshojados por el viento del otoño. Hacía mucho frío afuera y todo estaba nublado, pero cuando él hablaba les aseguro que yo veía esos rayos de sol que se cuelan en el océano como halos de esperanza.

 

CICLOTIMIAS

 

Hay abrazos que confunden los cuerpos con las almas.

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