Subastada por casi 2,9 millones la carta de Einstein «Dios es la expresión y el producto de la debilidad humana»

Albert Einstein no era un hombre de fe, pero pocos han estado tan cerca de Dios como él. El científico de origen alemán desbordó las fronteras del conocimiento sobre las leyes de la física que rigen el universo. Entender la creación y determinar si hay una mano divina detrás de ella son cuestiones limítrofes que no escapan a la curiosidad de la ciencia.
Al final de su vida, Einstein habló en diferentes ocasiones sobre Dios en escritos y entrevistas, pero nunca con la rotundidad que expresó en una carta fechada el 3 de enero de 1954, un año antes de su muerte. Su destinatario era el pensador judío Eric Gutkind, que el año anterior había publicado un libro sobre pensamiento religioso y judaísmo: «Elige la vida: una llamada bíblica a la revuelta».
La carta, una de las más famosas escritas por el premio Nobel de Física, se acaba de subastar en la sede neoyorquina de Christie’s en medio de una gran expectación. La estimación de su precio estaba entre 1 y 1,5 millones de dólares y la puja la duplicó: se cerró por 2,89 millones de dólares. La carta estuvo en poder de Gutkind hasta su muerte, en 1965. Sus herederos la vendieron en 2008 en una subasta de la casa Bloomsbury, de Londres, por 404.000 dólares. No es la primera vez que una carta de Einstein recauda cifras millonarias. El año pasado, en una subasta en Jerusalén, una nota manuscrita sobre la felicidad alcanzó los 1,56 millones. Antes, en 2002, la histórica carta en la que alertaba al entonces presidente de EE.UU., Franklin Delano Roosevelt, del desarrollo de armas nucleares se vendió en Christie’s por algo más de dos millones de dólares.
«No es la primera vez que Einstein habló sobre Dios, pero es su opinión más definitiva sobre religión», aseguraba sobre la «carta de Dios» Peter Klarnet, especialista de libros y manuscritos de Christie’s. En la misiva, apenas un folio y cuarto escritos a mano con pluma y tinta, el genio de la física concede en el primer párrafo que comulga con la actitud «factual» ante la vida de Gutkind, los ideales de libertad y humanidad. Pero en el segundo ataca sin ambages un libro que nunca hubiera leído –lo hizo porque se lo recomendó su amigo el matemático L.E.J. Brouwer– porque «está escrito en un lenguaje que no es accesible para mí». En pocas líneas, resume su concepción de Dios, la religión y el judaísmo. «La palabra Dios es para mí nada más que la expresión y el producto de la debilidad humana», asegura. «La Biblia, una colección de leyendas honorables, pero puramente primitivas».
Einstein, criado en una familia judía nada religiosa, desarrolló en su juventud un gran interés por la identidad judía. Pero desde el punto de vista de la fe, no significaba nada distinto de cualquier otra confesión: «Para mí, la religión judía no adulterada es, como el resto de religiones, una encarnación de una superstición primitiva. Y el pueblo judío, al que estoy feliz de pertenecer, y en cuya mentalidad estoy profundamente enclavado, para mí no tiene una dignidad diferente que otros pueblos. Por mi experiencia no son mejores que otros grupos humanos, incluso aunque estén protegidos de los peores excesos por su falta de poder. De otra manera, no percibo nada ‘elegido’ sobre ellos», añade.
Einstein cita en la carta a otro pensador judío, el filósofo del siglo XVII Baruch Spinoza, con cuya concepción de un Dios responsable del orden del universo y de la belleza de la naturaleza, alejado del antropomorfismo de las religiones monoteístas, se identificó durante su vida.
Dos meses después de escribir la carta, el científico cumplía 75 años, y se proclamaba como un «no creyente profundamente religioso».
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*Publicado por Javier Ansorena en ABC

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