Tomás Morales, poeta del Atlántico

Se han cumplido 131 años del nacimiento del poeta grancanario Tomás Morales. La efeméride es una buena excusa para recordar su significado en la poesía canaria y sobre todo, para releer su obra. Médico de profesión, su afiliación literaria al Modernismo lo ha convertido en uno de los más importantes cultivadores del género en España al que llegó, tras conocer en uno de sus viajes a Madrid, al impulsor del movimiento, el poeta nicaragüense Rubén Darío. Precisamente en la revista Mundial Magazine, dirigida por éste, publicaría ya en 1911 su poema “Britania Máxima”, y en 1916 le dedica, “A Rubén Darío en su última peregrinación”.

El modernismo eclosionó a principios de la última década del siglo XIX como reacción estética a la corriente imperante en ese momento y enlazando con el pos-romanticismo. No solo se trataba de expresar lo actual, lo moderno, de distinta manera, sino de contrastarlo con lo anterior. Un buen caldo de cultivo frente a lo que supuso la pérdida de las últimas colonias españolas, lo constituyó, en el caso grancanario, el empuje de las obras del puerto de refugio de La Luz anhelado tanto tiempo, y su consecuencia más inmediata, como fue la notable presencia comercial en la isla de firmas inglesas y alemanas.

El progreso ya estaba aquí, se había instalado poco a poco y tomando forma con la evolución de la ciudad y, especialmente el entorno marino que lo estaba propiciando.  El mar, el “sonoro atlántico”, se convirtió en epicentro de la creatividad del poeta nacido en Moya en 1884, como símbolo que contiene la tensión entre lo perpetuo e inmutable. El propio mar, la descripción de la ciudad y sus calles, la nostalgia de la misma naturaleza y sus amistades, identificaron su obra, escasa pero intensa: Poemas de la Gloria, del Amor y del Mar (1908) y Las Rosas de Hércules, proyecto ambicioso con el que quería presentar su visión poética del mundo que le rodeaba y que no vio integralmente publicado en vida, en gran medida por su dedicación profesional a la medicina en Agaete y finalmente en Las Palmas. Al final de su vida concluyó su “Oda al Atlántico” publicada en 1973.

También incursionó por el teatro con “La cena de Bethania”, estrenada en 1910, el mismo año en que ganó el primer premio de los juegos florales de Las Palmas, a los que asistió como mantenedor Miguel de Unamuno. Pero es su obra lírica la que se ha constituido en referente de la ciudad donde vivió los últimos días y que le recuerda con una amplia calle y un instituto, que a punto estuvo hace una par de años de perder su nombre gracias a la “idea” de algún iluminado, al que un movimiento ciudadano  en defensa de la memoria del poeta evitó que llegara puerto. Su casa natal en Moya (Gran Canaria), es hoy un museo y centro de estudios modernistas desde 1976.

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