Un arte militante inspirado en el turismo

Michel Jorge Millares  //

Quizás los alumnos y alumnas de la Escuela Luján Pérez no fueran partisanos, tal como recoge el periódico La Provincia en declaraciones de Jonathan Allen durante la presentación del libro que conmemora el primer centenario de esta institución. Y digo quizás porque los verdaderos partisanos fueron los promotores y el profesorado de esta institución, surgida en una etapa histórica de grave crisis en Gran Canaria, sometida al agonizante colonialismo (crisis del 98) y a la opresiva e injusta capitalidad tinerfeña de la provincia única de Canarias. Pero, al margen de la historia de esta comunidad mal avenida, de lo que quiero hablar es de la influencia de la Luján Pérez en el turismo y del turismo con la citada Escuela.

Por ello, es necesario contextualizar el surgimiento y primeros pasos de esta entidad, ya que cinco/seis años después de la creación del Cabildo Insular de Gran Canaria (y 9 años antes de la división provincial) surge la Escuela Luján Pérez. La iniciativa partió del sueño de una sociedad que carecía de equipamientos educativos (y otros muchos) con un índice de analfabetismo y subdesarrollo dramático, retratado en las obras ‘Recuerdos de un noventón’ de Domingo J Navarro, o ‘El verano de Juan el chino’ de Claudio de la Torre. Aunque también podríamos recurrir a la célebre guía de viajes ‘Tenerife y sus seis satélites’, de Olivia Stone.

En esa situación histórica surge el sueño de educar y compartir la aventura del arte sin discriminación. Inclusivo. Y esa visión la tuvo un grupo de personajes entre los que figuraban un intelectual que se formó en Salamanca con Unamuno como referencia y amigo, Domingo Doreste ‘Fray Lesco’. Y dos artistas: el bohemio Juan Carló y la excelencia de Nicolás Massieu.

Todo apuntaba a un espacio con grandes oportunidades en un territorio yermo. A pesar del antecedente que daba nombre a la Escuela: Luján Pérez, quien supuso el broche de oro a la imaginería barroca en España. Pero el arte canario estaba aún por mostrar todo su potencial en el siglo XX, tanto por los artistas que destacaron en el ámbito internacional (Néstor Martín-Fernández de la Torre en el simbolismo y el modernismo, Óscar Domínguez en el surrealismo o Manolo Millares en la abstracción, entre otros). Y podría haber destacado muchísimo más con su inagotable ‘cantera’ de artistas de no ser por la frontera insular. Entre otros, los participantes del movimiento indigenista surgido en la Escuela Luján Pérez, el lugar donde creían que el arte formaba parte del alma y por ello abrieron sus puertas a cualquier persona que quisiera aprender.

El fenómeno del indigenismo canario sólo es entendible en el contexto social y político internacional, unido a la permanente introspección del isleño hacia sus raíces, hacia esa realidad dual de herederos de un mestizaje entre colonizadores y colonizados. Esa búsqueda artística de la identidad popular que pretendía mostrar los personajes más humildes en sus labores y trabajos, lejos de los movimientos artísticos de moda -los ‘ismos’- y los artistas del contexto revolucionario (la Luján se crea coincidiendo con la Revolución Rusa).

Pero es así, la Escuela surgió inspirada en principios de diferentes sensibilidades sociales y culturales: intelectuales, mecenas conservadores, jóvenes revolucionarios, masones (un apartado que es difícil concretar por la persecución que sufrieron tras la sublevación militar). Pero también gracias al esfuerzo de varias instituciones como fueron el Museo Canario, el Gabinete Literario y la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria. Del Museo sabemos de la actividad masónica de Dr. Chil y de su esposa, creadora del periódico ‘La Afortunada’, organización de la que encontramos numerosas referencias en la obra del pintor Néstor Martín-Fernández. Por otra parte, Fray Lesco, en su idea de instituir esta Escuela, pensaba en las ideas pedagógicas de Enrique Pastalozzi o el krausismo.

El indigenismo se nutre de estos  apoyos y de la vocación altruista de los notables grancanarios, pero también se inspira en la búsqueda de los orígenes culturales, etnográficos, naturales y paisajísticos de la vida insular. Es un trabajo de introspección hacia lo popular y lo original. Una búsqueda que también, a su manera, realiza Néstor con sus Visiones de Gran Canarias y poemas del Mar, La Tierra, o promoviendo el interés por el folclore, sin olvidar otras aportaciones como los personajes de los cuentos de Pepe Monagas en la literatura de Pancho Guerra.

A pesar de que este colectivo artístico pusiera en valor los paisajes de la isla, sus personajes y lo tradicional e histórico, sólo la propuesta nestoriana del ‘tipismo’ tuvo proyección en las guías y promoción turística, no así el indigenismo artístico que apenas protagonizaría la imagen del destino salvo en algunos mapas, tipografías e ilustraciones que realizaron artistas como Felo Monzón o Santiago Santana para las guías turísticas. Pero es en la revista ‘ISLA’ editada por el Centro de Iniciativas y Turismo entre 1946 y 1969, donde colaboran casi todos los artistas de la Escuela, así como numerosos intelectuales y escritores que pondrían de manifiesto las diferentes visiones de Gran Canaria. Una colaboración o complicidad artistas-turismo que se mantuvo durante décadas, pero que ya ha desaparecido
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