Días de cine

Santiago Gil  // 

La vida a veces la entendemos mejor en una película que cuando caminamos por la calle o nos asomamos a los espejos. Siempre nos faltan planos y tendemos a confundir lo lejano con lo inmediato o el plano corto con el plano largo. El cine, para varias generaciones, ha sido tan importante como la literatura, la música o las matemáticas. Está la vida que vivimos y la vida que hemos ido soñando en las películas, y ha habido películas que nos han cambiado la suerte, la mirada y hasta la manera de caminar por esas calles de la cotidianeidad en las que siempre soñamos con encontrarnos a Ava Gardner.

Estos días se ha estado celebrando en Las Palmas de Gran Canaria el Festival de Cine. De entrada, solo cabe felicitar a los organizadores por su capacidad de resistencia y por convertir el agua en vino, o los pocos euros que destinan las administraciones en un programa digno y atractivo. Lo del cine en Canarias es como casi todo lo que tiene que ver con la cultura. Parece como si hubiera una conjura para atentar contra la belleza y contra todo aquello que nos puede hacer crecer como personas o que contribuya a la mejora de la sociedad.

Tampoco se concibe que estemos todo el día hablando de que esta es una isla ideal para rodajes y para el desarrollo de la industria cinematográfico y luego no apoyemos un festival que tendría que ser un escaparate internacional o una cita de referencia en el calendario de los grandes festivales, o por lo menos de los festivales que cuentan con ese prestigio y esa calidad que solo otorga el tiempo.

En esta isla rodó Erich Rohmer el Rayo Verde después de buscarlo por todo el mundo, y mucho antes, también en la bahía de Las Canteras, estuvieron John Huston y Gregory Peck recreando a Moby Dick, esa ballena que en la maravillosa novela de Herman Melville se identifica con todas las búsquedas imposibles y con todos esos sueños que no dejamos de perseguir aunque les corten las alas los mediocres y los burócratas, todos esos que no entienden que sin cultura, sin cine, sin música o sin literatura, solo caminamos hacia las sombras de la ignorancia y la estulticia. Sin cine no entenderíamos la vida que contaba al principio, porque nos faltarían esas otras vidas en las que mirarnos.

Cuando se apagan las luces de las salas dejamos que la magia que viene desde los cuentos de Sherezade, o desde los grabados de las cuevas, se vuelvan a hacer realidad: durante un rato volamos lejos, tan lejos como deberíamos volar cada día para no extraviarnos en nuestros propios abismos ni enfangarnos en ese lodo que ya decía Discépolo que era la realidad algunas veces. No dejemos que el cine también se convierta en un recuerdo lejano. Sin películas no podremos distinguir nunca a los buenos de los malos.

CICLOTIMIAS

La noche es larga cuando no se ve la luz de ningún faro cercano.

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