Los años en los que Galdós fue nominado al Nobel de Literatura

A comienzos de la década de 1910, cuenta el investigador lituano Hyamn Chonon Berkowitz en un reportaje del diario La Provincia, autor de la primera biografía completa de Galdós, que el autor de Marianela comentaba en los círculos intelectuales de Madrid que ya era hora de que otro español se alzara con el premio. Para entonces, Galdós era autor de más de 80 novelas, con miles de ejemplares vendidos alrededor del mundo y traducidos a varios idiomas, y varios dramas representados fuera de España.

Y fue entonces cuando su nombre se coló seguidas veces en el listado de la Academia Sueca, como apuntó el experto galdosiano Pedro Ortiz-Armengol, autor de la premiada biografía Vida de Galdós,quien glosó las gestiones de la candidatura galdosiana en Aproximación de Galdós al Nobel, recogido en las actas del V congreso internacional de estudios galdosianos, celebrado en 1992, en Gran Canaria.

Aquel año, el investigador se reunió con el historiador literario y miembro de la Academia Sueca Kjell Espmark para abordar las circunstancias de las candidaturas a favor de Galdós entre 1912 y 1916. Este le brindó varios documentos referidos a aquellos años, alojados en el archivo de la Academia, que siguen la trayectoria del frustrado Nobel galdosiano. Sucede que, dado que Galdós fue miembro de la Real Academia Española, él mismo recibía las circulares del comité del Nobel, que invitaba a los académicos a proponer candidatos.

Y muchos presentaron el nombre de Galdós, quien se sumó a los 31 aspirantes al premio en 1912. También contó con el apoyo de medio millar de miembros del Ateneo de Madrid, que promovieron una campaña a favor de Galdós, capitaneada por el escritor Ramón Pérez de Ayala, quien redactó el escrito de petición. Según Ortíz-Armengol, Pérez de Ayala invocó a su favor su «fertilidad creadora, emoción misericordiosa, humanidad y universalidad», que remataba con que «España ha adquirido conciencia de sí propia en la obra de don Benito Pérez Galdós».

Entonces, sonaban con fuerza otros coetáneos españoles, como el catalán Ángel Guimerá y, sin embargo, fue el alemán Gerhart Hauptmann quien se hizo con el Nobel en 1912. Al año siguiente, los méritos de Galdós seguían en el punto de mira de la Academia, que en los informes de sus virtudes literarias señalaban «los valores de sus Novelas históricas y los tipos de idealismo quijotesco en obras como Nazarín o Ángel Guerra«. Pero fue el bengalí Rabindranath Tagore quien derrotó a Galdós y Guimerá en 1913.

Ambos volvieron a presentarse en 1914, pero la Academia suspendió los premios con motivo de la Primera Guerra Mundial. Al reanudarlo en 1915, Galdós volvía a engrosar la nómina de candidatos con otros 10 candidatos. Pero entonces, la Academia puso en conocimiento del comité del premio la recepción de muchos telegramas de protesta en 1913 en contra de la elección a Galdós. Uno de los principios de la institución es alejar cuestiones de índole política en sus valoraciones y estas cartas disparaban contra el escritor por su ideología liberal y anticlerical.

Para 1915, este movimiento se había mitigado y, en su lugar, llegaron propuestas que consideraban la adjudicación del Nobel a Galdós «no sólo como una distinción a él mismo, sino también un honor a su país». Pero, aquí lo importante, según Ortiz-Armengol, es que tanto Harald HJärne, presidente del comité, como Per Hallström, otro de sus académicos más influyentes, apoyaban la candidatura a Galdós y «proclamaban que debería haber recibido el Nobel mucho tiempo antes». Sin embargo, fue el primerizo escritor francés Romain Rolland, un hombre consternado por la violencia de la guerra, quien se hizo con el Nobel en 1915.

Precisamente ese año, Galdós se sometió a la primera de muchas operaciones de ojos para retrasar el progresivo el deterioro de su vista. Y en ese proceso, abrigó la esperanza, casi desesperada, de repetir por cuarta vez como candidato, como ilustran las cartas originales que conserva la Casa-Museo Pérez Galdós, dirigidas a Ramón Pérez de Ayala, a quien le pregunta continuamente por la redacción de una nueva petición a la Academia Sueca, en 1917. Sin embargo, en los archivos de la institución no hay constancia de que llegara a hacerlo nunca y Galdós, que para entonces ya veía sombras y recitaba sus misivas a un amanuense, renunció al Nobel para siempre. Dos años después de su muerte, en 1922, el madrileño Jacinto Benavente se alzaba con el premio.

FUENTE: La Provincia

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