Un programa mal escogido

G. García-Alcalde | La Provincia

Tengo en gran estima al maestro madrileño García Calvo, excelente intérprete wagneriano, con brillante carrera en las casas de ópera europeas. En concierto le he visto por primera vez en el segundo de abono del presente Festival de Canarias. Me gustó menos. Es justo reconocer que la Orquesta Sinfónica de Tenerife no acaba de rescatar el nivel de excelencia de sus mejores tiempos y parece más descompensada -e indisciplinada- en cada nuevo encuentro. En el segundo concierto para piano y orquesta de Rachmaninov fue patente un considerable desorden en relación con la batuta y el solista, además de una sonoridad mal empastada. Sonaban en evidente pugna dos conceptos de la obra, con desajustes primarios hasta en ataques acordales. El pianista Alexei Volodin tampoco tuvo su mejor día en el plano expresivo y despachó la obra, salvo momentos muy contados, en el peligroso límite que confunde el virtuosismo con el automatismo: la famosa “memoria de los dedos” de quienes tocan centenares de veces una pieza de “superrepertorio” que no siempre estimula su creatividad.

Estuvieron bien los metales en la Fanfarria para un hombre corriente de Copland, pero los tres percusionistas no percutieron siempre unidos, ocasionando con ello una distorsión, la del tempo, más perversa incluso que la de la afinación.

Lo mejor del programa fueron las Danzas sinfónicas de West Side Story, el musical de Bernstein que, junto al Candide, sigue sepultando en el olvido los valores de sus tres interesantes sinfonías, su Misa, sus salmos y demás composiciones “serias”. No es la mejor música posible en la base del programa de un joven director que debuta en Canarias como intérprete sinfónico, pero está fuera de duda su amena brillantez en orquestación, su garra con los ritmos latinos y la habilidad en el tratamiento a gran formato de las ideas nacidas para las pequeñas orquestas de los teatros de Broadway. Archipopular y justamente querida por los públicos, toda la suite recibió una sonoridad corpórea, carnosa, desafiante, en logrado contraste con el lirismo de los números adagio. Fue clamorosamente aplaudida.

Y queda para el final la pieza que dio comienzo a la velada: la asendereada obertura de Russlan y Ludmila, de Glinka, pretexto para los records de velocidad, desaforada en este caso hasta hacer puramente teóricos los límites de las frases. A saber de dónde salen estas modas y por qué…


*Publicado en La Provincia

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