Letras canarias, ¿Letras premiadas?


Por Victoriano Santana Sanjurjo //

Con respeto, por supuesto; siempre con respeto. Como tiene que ser. Como no puede dejar de ser. Y con firmeza, claro. No le quepa la menor duda. Si pudiera, si se diera la ocasión, si tuviera la oportunidad, se lo diría con firmeza. Con firmeza y con respeto, faltaría más. «Señor Presidente, creo que debería intentar que la concesión del Premio Canarias de Literatura vuelva a ser anual». Es posible que mi interlocutor me sonría, se muestre afable y me diga, a bote pronto y sin dobles intenciones ni ánimos que den a entender que está a la defensiva, que no solo esta modalidad… Que hay otras… Que… «¡Claro, claro, claro!», le interrumpiré; y, sobre la marcha, le pediré perdón por este repentino arranque de conciencia igualitaria. «Todos anuales, señor. Por supuesto», diré, aprovechando esa laguna de silencio que quizás se produzca entre ambos. Y subiré la apuesta: «Señor, igual que el Nobel y el Princesa de Asturias, que todos los años reconocen las mismas categorías». Me mirará fijamente. Le devolveré la mirada: «¿No cree, señor, que los Premios Canarias no han de ser menos?».

Él es educado. Si me recibe, me escuchará atentamente, aunque solo sean unos escasos minutos; y aunque en ese tiempo tan limitado, en el fondo, no termine de estar muy de acuerdo conmigo o concluya que hay temas más urgentes que atender desde la presidencia autonómica. «No le falta razón», pensaré, si en voz alta lo dice. No discutiré su afirmación. Hasta ahí podíamos llegar; pero no dejaré pasar la ocasión, si se diera, para recordarle la importancia institucional y sentimental de la ejemplaridad («Señor, cada persona premiada es una referencia para los canarios») y de la gratitud («Señor, en cada premio se halla el agradecimiento de un pueblo»). Deduzco que en esto no podrá decir que no me asiste la verdad —hermana mayor de la razón— porque el señor presidente conoce bien la ley de 11 de abril de 1984 de Premios Canarias y recuerda que en sus preliminares se habla de recompensar «trayectorias de relevante contenido cultural que hayan significado una eminente contribución a los valores propios» y de la voluntad de «manifestar su agradecimiento [el de la Comunidad Autónoma de Canarias] a las personas que se han esforzado por la cultura canaria».

En la llanura del encuentro, cuando más extenso sienta que es el territorio que puedo recorrer, esto le diré: «Señor, cuando se instituyeron los premios, se reconocían de manera anual e irrepetible cuatro categorías: Literatura, Bellas Artes e Interpretación, Investigación y Trabajos sobre nuestro acervo sociohistórico y patrimonio histórico-artístico y documental. Seis años después de formalizado el galardón, el legislador se percató de la escasez de modalidades. Yo creo que, sin duda, pensó que había tantos individuos haciendo tantas cosas memorables que, con los cuatro compartimentos iniciales, dejaríamos sin formular las necesarias gratitudes a muchos. Y he aquí que se hizo el cambio. De cuatro se subió a seis. Luego, en 1992, se sumó uno más. Hoy se contemplan, según la Ley 2/1997, de 24 de marzo, de Premios Canarias, nueve. Y tiene sentido que así sea, aunque yo lo hilaría más fino y alguna que otra más específica añadiría, dada la actual realidad: las artes escénicas y musicales, por un lado; las artes plásticas, por otro; las… En cualquier caso, estamos en 2026 (en mi recreación, el señor presidente me recibe este año); han pasado casi treinta años desde la última modificación de la ley. La población ha aumentado y las esperanzas de vida biológica e intelectualmente activa se han prolongado. Las cotas que determinan nuestro progreso también han aumentado. Se crea más que nunca y se realiza más que nunca, probablemente porque se publicita todo lo que se lleva a cabo más que nunca. En consecuencia, las manifestaciones ejemplares y agradecibles —por una simple cuestión de proporcionalidad— han crecido, son mayores. Se nos acumulan los merecedores de la distinción. Ya se quedaron en la estacada muchos en los noventa, cuando se inició la incomprensible rotación de los premios; imagínese ahora, señor presidente. Le confieso que no logro entender el porqué de esa rotación. ¿Por dinero, quizás? Si así fuera, esta dificultad se solventaría ipso facto bajando el importe de lo que se da a las personas reconocidas, ¿no cree?». 

Al mencionar la palabra “dinero”, el señor presidente me hará un gesto de negación. Su rictus se ha vuelto serio. Su semblante me conduce a pensar que considera inapropiado —incómodo, incluso— asociar la voz “tacañería” con lo que representa el Gobierno de Canarias. Sé que podría sacarme de la manga en esta simulación alguna contestación del señor presidente justificando la actual disposición de entrega de los Premios Canarias: un año, Literatura, Deporte y Cultura Popular; al año siguiente, Acciones Altruistas y Solidarias, Comunicación e Internacional; al otro, Bellas Artes e Interpretación, Investigación e Innovación y Patrimonio Histórico. Podría. Pero no se me ocurre nada porque no la entiendo (para mentir hay que conocer bien el terreno sobre el que se miente) ni soy capaz de confeccionar una explicación más o menos enderezada que me permita inventar una respuesta probable. En consecuencia, escribiré que el señor presidente me dirá: «Eso fue cosa de Olarte…». ¡Qué significativos son estos puntos suspensivos!, ¿no te parece? En la conversación oral se manifestarán con un movimiento “alejativo” de la mano derecha y una pausa medida, algo que podría traducirse como: «Es que Olarte…, ya se sabe». Es posible. No sé. No soy traductor.

«¿Qué cuesta cambiar la ley? ¿Tan difícil es?», le preguntaré. «Si se viera razonable su modificación, entonces…». En este momento, mirará su reloj. No habrá dejado de ser amable, pero sé que mi tiempo se acaba. No sé si volveré a disponer de otra oportunidad para hablar con él. Apuro al máximo: «Señor Presidente, no deseo molestarle más. Solo quiero que tenga en cuenta que Canarias no tiene ningún premio superior al que lleva su nombre, que es la distinción más elevada que se puede conceder a un canario, haya o no nacido en nuestra tierra. Como sabe, esta es una tierra de admirables mujeres y hombres de letras. Usted lo sabe. Nos satisface muchísimo tener un Día de las Letras Canarias (con el que dar las gracias a autores como Alonso Quesada y Alfonso García-Ramos) y un Día de las Escritoras Canarias (para dar las gracias también, como en su última edición, a una maravillosa autora como Alicia Llarena); nos alegra comprobar cómo nuestra literatura hace acto de presencia de múltiples eventos (ferias, presentaciones…), organizados para todas las edades, y cómo se publica mucho (desde instituciones públicas como la que usted preside y desde entidades privadas, que apuestan con generosidad por lo nuestro, poniendo incluso en peligro el patrimonio personal de los que las gestionan), y cómo nos honra sentirnos parte de una tradición cultural literaria que se muestra, se ofrece, se difunde sin complejos, conscientes como somos de su feliz existencia e importancia. Señor, usted sabe —entre otras razones porque es una ley de vida—, que cuando se dilatan los reconocimientos, se corre el riesgo de cuestionar la necesidad de estos; y si se cuestionan, con el tiempo, desaparecen. Creo que todos deseamos unas letras canarias justamente premiadas y, desde mi humilde entender, eso pasa, entre otras acciones, por reformular la periodicidad con la que reciben los parabienes de los canarios. A mi juicio, señor Presidente, el aplauso colectivo del pueblo, que debería ser escuchado anualmente, no ha de quedar reflejado institucionalmente cada trienio, pues ello traslada una imagen poco edificante: que la administración atiende con lentitud lo que con presteza podría resolver. Es como si tardara tres años en llegar a las altas oficinas lo que en la calle se ha emitido con claridad y presteza, como esa luz cósmica que vemos hoy y que la ciencia demuestra que fue proyectada hace miles de años; como…».

Por la puerta principal del despacho donde estamos se asomará alguien que trabaja codo a codo con el máximo representante de la Comunidad Autónoma de Canarias. Se mirarán. Mi interlocutor hará un sutil movimiento de desplazamiento en el asiento. Se acabó la reunión. Se incorpora. Me incorporo. «Qué sillón tan cómodo», pensaré; «lástima que me tenga que levantar». Agradeceré el tiempo dedicado. Él, hombre educado, correcto, atento, hará lo mismo con mi visita y con cuanto he tenido a bien compartir en los escasos minutos vitales de nuestro encuentro. Dado que esto es una ficción, me puedo permitir la licencia de reproducir lo que sería estupendo que me dijera antes de marcharme: «Victoriano, me has convencido. Creo sinceramente que tienes razón y que Canarias debe ser generosa, más generosa aún, con sus literatos, y con sus deportistas, y con tantos que hacen tantas cosas que merecen ser reconocidas. Aprovecho para darte una primicia (me lo dirá con tono desenfadado, ganándose así, sin duda alguna, mi complicidad): en el próximo Consejo de Gobierno, voy a pedir no solo el cambio de periodicidad, o sea, que volvamos a la anualidad, sino que lo hagamos haciendo uso de lo que dice el segundo punto del primer artículo, eso de concederlo a título póstumo a personas fallecidas entre la convocatoria anterior y la que se trate, y voy a proponer el premio ex aequo a Eugenio Padorno Navarro y Andrés Sánchez Robayna. Es lo justo. Es lo correcto. Espero que mis consejeros estén de acuerdo conmigo…».

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