Por Victoriano Santana Sanjurjo //
I. Un Cervantes santaluceño
Amigas, amigos, bienvenidas y bien halladas a este hermoso punto del planeta donde nos hemos reunido como la feliz comunidad que somos; un lugar que debemos al buen hacer de Seve Rodríguez, Paco Suárez y las felices artes de la concejalía de Cultura, con Sergio Vega al frente.
Bienvenidos y bien hallados a este huequito espacial dedicado a uno de los nuestros. Sí, uno de los nuestros. No hay otro modo de ver a Cervantes que este. Como uno de los nuestros. Como alguien que logró hablar de nosotros al hablar de sí mismo, envuelto siempre en la mala suerte y anclándose en todo momento en el deseo de ser feliz. De un modo u otro, sus palabras nos representan como especie, como habitantes de un planeta que compartimos millones de seres humanos, todos diferentes y, como le digo a mi alumnado, todos igual de interesantes, todos con algo que aportar. Nos hemos visto reflejados en ellas y en ellas se han visto reflejados millones de lectoras y lectores de toda condición, procedencia, cultura, ideología, credo, formación…
Amigos, amigas, estamos en un trocito de universo que, apelando a la memoria literaria y cultural, nos invita a abrir las puertas de otros espacios y otros instantes. Y lo hace de la mano de lo único que nos singulariza como especie: la noción de la cultura como elemento de vínculo, como vehículo para consolidar esa identidad colectiva que se hereda del pasado y que, tras ser vivida intensamente, se entrega al futuro. La cultura, sí; y, con ella, la literatura, como instrumento para reflejar lo que somos y lo que deseamos que perdure de nosotros cuando ya no estemos.
Este es un punto de arranque. Una casilla de salida. No es un lugar para empezar y acabar con Cervantes, sino para que Cervantes, mostrándose tal y como es, nos dé la vez para comenzar a recorrer nuestras rutas literarias: como lectores, acudiendo a los clásicos y a los que con el tiempo pudieran serlo; y también como escritores, sintiendo que nuestra experiencia con los libros, con la palabra que perdura en el tiempo, también debe tener un lugar en esta iniciativa que ahora es semilla, pero que deseamos ver convertida en árbol, en bosque, en selva… Tienen ustedes tanto que escribir y nosotros, de ustedes, tanto que leer.
En esta casilla de salida, en este punto de arranque, en esta específica pista de despegue de este bello aeropuerto llamado biblioteca, donde nos podemos embarcar con destino a cualquier lugar, a cualquier tiempo y a cualquier corazón, permítanme que hoy les pida que suban conmigo en el avión de la remembranza para salir rumbo a una casa teldense de 1980, año arriba, año abajo, donde un pibe está encamado con alguna de esas enfermedades infantiles habituales y pasa el rato leyendo un clásico adaptado que termina fascinándole: el Quijote de la editorial Bruguera.
Siete años después, año arriba, año abajo, acabada la EGB, en el verano que prologó la entrada al BUP, pedirá —sin atisbar el alcance de la osadía— la edición completa de la novela de la editorial Cátedra, la de John Jay Allen, distribuida en dos tomos. La lectura no estuvo exenta de dificultades. Las hubo. Muchas. Pero se saldó de manera más que satisfactoria, pues descubrió un texto que le había hecho reír y, al mismo tiempo, llorar; que le había emocionado de un modo tan especial, tan mágico, que decidió entregarse al Quijote, y fue así como comenzó a tomar forma, de algún modo, la biblioteca que contiene este espacio de la memoria literaria y cultural que nos convoca.
Cuando acabó BUP y COU, su devoción era absoluta. Tanta, que entre sus opciones universitarias escogió aquella que cumplía con el requisito que se había fijado como condición incuestionable para hacer estudios superiores: cursar una carrera donde se estudiara el Quijote. Eso hizo y así, como me ven, estoy.
El Quijote me llevó al resto de la producción literaria de Cervantes: primero, si mal no recuerdo, las Novelas ejemplares; las Comedias y entremeses, después; luego, el Persiles y el Viaje del Parnaso; hasta que me asenté en La Galatea, no por ser la mejor de las obras señaladas, sino por ser la más trascendente. Con el tiempo, descubrí que, para llegar al Quijote, hubo de pasar antes el alcalaíno por La Galatea.
De La Galatea llegué al hombre. Al escritor, sí; al genio, también; al humanista, por supuesto… Pero sobre todo al hombre. Al hombre que nació y creció bajo el peso de dos voces —hidalguía y cristianismo—, que marchó joven a Roma y que, pudiéndose asentar en la corte vaticana, optó por la irregular vida de soldado. El hombre que combatió en Lepanto, donde perdió el uso de la mano izquierda y ganó fama de buen militar. El hombre que regresó a España y que fue apresado en Argel, que encabezó varios intentos de fuga y que se salvó por los pelos de no ser embarcado para Estambul como esclavo, donde, con toda probabilidad, le habríamos perdido la pista para siempre.
Un hombre que regresa en 1580 y que desea que sus méritos se le reconozcan para alcanzar una posición social acorde con su estado: hombre culto, militar ejemplar, hombre de méritos y cualidades incuestionables. Pero la corte le cierra las puertas. ¿Por qué? He aquí al hombre frustrado. Al hombre que se desempeña en el ejercicio de actividades que no encajan con las de alguien de su calidad.
Se casa con Catalina de Salazar en 1584. Ella no llega a los veinte y él está muy cerca de los cuarenta. Matrimonio raro. Pronto, sus ocupaciones le harán deambular por el sur de España, lejos de lo que debía ser su hogar, su familia. El hombre frustrado prueba suerte con la literatura. Publica una novela que le abrirá de par en par las puertas de la corte. Eso cree. Eso quiere creer. Su título: La Galatea (1585). Una novela pastoril. El género de moda en la corte. Hizo lo que hacen tantos en nuestros días: escribir novelas de género negro para ver si consiguen llamar la atención de lectores y editoriales.
No tuvo éxito. Abandonó la literatura como escritor. Alguna que otra cosa sin mucho alcance compuso. Hasta la llegada de la primera parte del Quijote estuvo veinte años sin publicar nada; veinte años yendo de acá para allá; veinte años preguntándose por qué; veinte años de rutinas y sofocos. El hombre se va marchitando, apagando, diluyendo… Pero en algún momento de este enterramiento al genio le da por emerger. Se agarra a la boya de la vida. Se niega a considerar que su vida es anodina, que no ha servido para nada, que perfectamente podía no haber existido y nada habría cambiado en la vida de la gente a su alrededor. Así es como se moldea la figura del hidalgo manchego, de don Quijote y, con él, la de Sancho Panza.
Conociendo a Cervantes, hallé en el Quijote la autobiografía. Esa botella lanzada al mar del tiempo para decirnos: «Yo estuve aquí, yo existí, yo hice esto que deseo compartir contigo». La derrota del hidalgo en una playa de Barcelona, frente al Mediterráneo, trasunto de la derrota que nuestro autor sintió cuando no pudo salir de España unos años antes de morir, cuando ir a Nápoles significaba dejar atrás su triste vida y abrazar el recuerdo de sus años cortesanos y militares en Italia. El ama y la sobrina con la que vive el hidalgo, trasuntos de su mujer y su hija Isabel, ¿o su sobrina? El binomio armas y letras, guerra y paz (sinónimo de cultura), realidad e imaginación, que constituye la relación entre don Quijote y Sancho.
O esa mirada tan especial hacia las mujeres de alguien que nació, creció y estuvo toda su vida en un ambiente femenino. Una mirada que impregna toda su obra y que destaca especialmente en el Quijote, en el capítulo XIV, de la mano de un personaje tan emblemático como la pastora Marcela. Ella, como Cervantes, reivindica su libertad por encima de todo. Por encima de las presiones sociales, morales, ideológicas, físicas… la libertad. La libertad para amar, para decidir la vida que uno quiere, para expresar sin temor lo que uno desea compartir. Cervantes, de un modo u otro, es don Quijote. Y Sancho. Y, para el caso que nos ocupa, Marcela. Él es ella y ella es y será un símbolo de este espacio para la memoria literaria y cultural que nos convoca.
Grisóstomo, pastor atractivo y cargado de virtudes, la pretendió de todas las maneras posibles. Ella lo rechazó de todas las maneras posibles. Él, incapacitado para concebir su vida sin ella, se suicida. En el entierro, los amigos del pastor critican a la pastora. La consideran culpable del triste final de Grisóstomo. En un determinado momento, ella aparece y pronuncia un discurso que aún hoy sigue vigente.
Sus palabras han atravesado los umbrales del tiempo y el espacio; han calado en las conciencias. Se han repetido. Se han recitado. Forman parte de una suerte de armonía intelectual y emocional que a todos nos convoca y que hoy impregna este puntito del planeta Tierra que nos ha congregado.
Decía nuestro autor que donde hay música, nada malo puede haber. Las palabras de Marcela (o sea, de Cervantes) son música para el alma, para los sentidos, para el entendimiento; en suma, para lo que somos en el lugar donde nos hallamos: un lugar llamado Santa Lucía de Tirajana de cuyo nombre siempre, siempre, siempre nos querremos acordar.
II. Una Marcela santaluceña
A. —El cielo me hizo muy hermosa. Eso dicen ustedes. Como soy tan hermosa, ustedes no pueden evitar enamorarse de mí. Y como se enamoran de mí, quieren que yo esté obligada a enamorarme de ustedes.
B. —Todo lo hermoso es deseable. Lo sé. Pero no entiendo por qué la persona deseada por su hermosura está obligada a amar a la persona que la desea. ¿Y si el que desea lo hermoso fuera feo? Dado que lo feo es aborrecible, ¿se puede aceptar que alguien me diga: «Te amo porque eres hermosa. Me tienes que amar, aunque yo sea feo»?
C. —Si quien me ama fuera hermoso, ¿debería igualmente amarle solo porque es bello? No todas las hermosuras enamoran. Muchas solo alegran la vista y no alteran el corazón. Qué descontrol sería que todas las bellezas enamorasen y empujasen a pretender el amor de todas las personas que son hermosas. Si infinitos fueran los sujetos hermosos, infinitos serían los deseos. ¡Qué locura! ¡Qué desatino! Y más cuando yo sé que el verdadero amor no se divide. Ha de ser voluntario. No ha de ser forzado.
D. —Si esto es así y es como yo creo que debe ser, ¿por qué se empeñan en que me parezca bien aceptar el amor ofrecido por alguien solo porque me dice que su sentimiento hacia mí es sincero, que me beneficiaría? Si yo fuera fea, ¿sería justo que me quejara porque ustedes no me aman, aunque les diga que mis sentimientos son buenos?
E. —Yo no escogí la hermosura que tengo. El cielo me la dio sin que yo la pidiera ni la escogiera. Del mismo modo que no puede culparse a la víbora por el veneno con el que mata, porque se lo dio la naturaleza, tampoco yo merezco ser reprendida por ser hermosa. La hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta si no te acercas.
F. —La honra y las virtudes son adornos del alma. Sin ellas, los cuerpos no deben parecer hermosos, aunque lo sean. Si la honestidad es una de las virtudes que más favorece la belleza del cuerpo y el alma, ¿por qué ha de perderla la que es amada por hermosa cuando corresponde a las intenciones de aquel que, solo para satisfacer su gusto, está empeñado en que la pierda?
G. —Yo nací libre. Para poder vivir libre, escogí la soledad de los campos. Las palmeras de estos valles son mi compañía. Las aguas de las salinas son mis espejos. Con las palmeras y las aguas, comparto mis pensamientos y mi hermosura. Soy fuego apartado y espada alejada. A los que he enamorado con la vista, con las palabras los he desengañado.
H. —Si los deseos se sostienen con las expectativas, antes mató a Grisóstomo su majadería que mi crueldad, pues yo no le di ninguna esperanza, aunque fueran honestos sus sentimientos. ¿Estaba obligada a corresponder a su amor solo porque él insistía en dármelo? Si hubiera habido enralo por mi parte, se justificaría su confusión; pero se empeñó en amarme aunque yo lo desengañé desde el principio.
I. —Es razonable que se queje el engañado y que se desespere el que no tiene lo prometido. Como lo es que se confíe el que yo llame o que se ufane el que yo admita. Pero que no me llame cruel ni asesina aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito. El que a nadie ama, a ninguno debe dar celos, que por un lado van los desengaños y, por otro, los desprecios.
J. —El que me llama fiera, que me deje como cosa mala. El que me llama desagradecida, que no me sirva. El que me señala como desconocida, que no me conozca. El que me marca como cruel, que no me siga. Esta fiera, esta desagradecida, esta desconocida, esta cruel que les habla no los buscará, no les servirá, no los conocerá ni los seguirá. Si a Grisóstomo mató su impaciencia y su desmedido deseo, ¿por qué se ha de culpar
mi honesta manera de actuar?
K. —Yo tengo libre condición. No me gusta sujetarme. No quiero ni aborrezco a nadie. No engaño a este, solicitando las atenciones de aquel. No me entretengo con unos mientras maquino con otros. La conversación honesta con gentes de las medianías y los llanos y el cuidado de mis cabras me entretienen. Los límites de mis deseos están en estas tierras y en la contemplación del cielo, adonde irá mi alma algún día de camino a su primera morada.
III. En un lugar de Santa Lucía
El 29 de septiembre se inauguró el Espacio para la Memoria Literaria y Cultural Miguel de Cervantes en la Biblioteca Central de Santa Lucía. La primera parte de este texto corresponde a las palabras que se ofrecieron a los asistentes; la segunda, a la versión escolar preparada para la ocasión del célebre discurso de Marcela (capítulo XIV de la primera parte del Quijote, 1605). Colaboraron en el desarrollo del acto las siguientes personas: Seve Rodríguez y Paco Suárez, como agentes culturales de la biblioteca; el joven músico de la academia de la orquesta filarmónica Pablo Hernández, quien interpretó al violín tres piezas; Lolina Morales, Dulce López, Severy González y Samira González, quienes recitaron «Una Marcela santaluceña»; Yaiza Ancorini y Darío Alvarado, de NSA Studio GC, fotografiaron y grabaron el acto; y, como representante institucional, Sergio Vega, concejal de Cultura.


