La Casa Anchieta no es un espacio cualquiera; es un lugar donde la madera cruje como si recordara, donde las paredes guardan el eco de los pasos y el aire parece más denso, más inclinado a la confidencia. Hay noches en que la música no se escucha simplemente con los oídos, sino con esa parte del pecho donde habitan las preguntas sin respuesta. Eso ocurrió este 1 de octubre en el marco del Festival CLE 2026, un encuentro que insiste —con sabia terquedad— en rescatar y elevar la creación canaria e hispano-caribeña no como un mero ejercicio de nostalgia, sino como un manifiesto de identidad y presente.
La velada comenzó con el peso limpio de la ausencia y el milagro del reencuentro. Sonó el Cuarteto de cuerdas de Armando Alfonso, un estreno mundial póstumo que llegó a la sala con la solemnidad de las cosas que se entregan cuando el creador ya no está para defenderlas. Alfonso, que nos dejó este mismo año, no fue solo un nombre en las partituras; fue una columna vertebral para la música en Canarias. Director de orquesta, pedagogo exigente de contrapunto y armonía, y compositor de finísima intuición, formó a generaciones enteras enseñándoles que la técnica sin alma es solo un artificio vacío.
Para esta primera obra, el Cuarteto Imprevisto asumió una configuración donde Julia Nikoliszak defendió el primer violín, secundada por Carmen Vázquez en el segundo violín, Elena Mederos en la viola y Ciro Hernández en el violonchelo. La pieza, estructurada en tres movimientos bajo el molde clásico de rápido-lento-rápido, sorprendió a un público que asistió al despliegue de una madurez armónica y creativa deslumbrante. No hay en esta obra nada que envidiar a las grandes páginas del repertorio universal para cuarteto; su lirismo contenido y sus matices dinámicos sobrecogieron a los oyentes, dejándolos en ese estado de suspensión donde cada suspiro parece una interrupción innecesaria. Fue, en el fondo, una conversación psicológica entre el oficio impecable de un maestro y el misterio de su despedida.
Tras la pausa, el aire en la Sala Grande cambió de densidad. La segunda parte trajo el Primer Cuarteto de Julián Orbón, para el cual las cuerdas se reorganizaron: Carmen Vázquez asumió el liderazgo del primer violín, pasando Julia Nikoliszak al segundo. Si la obra de Alfonso había trabajado desde el lirismo y la emoción contenida, la de Orbón irrumpió como un vendaval de complejidad rítmica y densidad expresiva, marcando un verdadero hito para la música de cámara del continente.
El cuarteto logró electrificar la atmósfera de la Casa Anchieta, tensando las emociones de los asistentes desde la violencia de sus acentos dinámicos hasta la soledad más desnuda de sus pasajes introspectivos. A lo largo de sus cuatro movimientos —profundamente contrastados entre sí—, los cuatro intérpretes tuvieron que volcar su genialidad en cada compás para sostener el pulso de una partitura exigente que no concede tregua. El desenlace, glorioso y apoteósico, desembocó en un canto que rozaba lo coral y lo divino. En ese instante final, las cuatro voces parecieron unificarse en una sola afirmación: la certeza de que la belleza no reside en la brillantez de la individualidad aislada, sino en la fuerza profunda de la unión, en el abrazo colectivo de quienes caminan juntos.
El Festival CLE 2026 demuestra una vez más que el Atlántico no es una frontera que separa, sino un vaso comunicante. Canarias y Latinoamérica no solo están hermanadas por la historia y la sangre; la creación latinoamericana y su resonancia insular se están convirtiendo en una voz universal, capaz de tocar los corazones con una verdad simple y estremecedora. Anoche, en el silencio posterior al último aplauso, la Casa Anchieta quedó habitada por la música, que es —al fin y al cabo— la única forma que tenemos de ganarle la partida al olvido.


