El templo del sol en Gran Canaria

Por Míchel Jorge Millares //

Continúo el reencuentro con la isla. Vuelvo a andar los pasos de cuando todo era nuevo para mis sentidos y los senderos apenas eran reconocibles por el abandono de la población. Ya los caminos ‘de sangre’ que transitaban los isleños a lomos de caballos, burros o camellos, cargados con los productos de la tierra, habían caído en desuso por la irrupción de los vehículos a motor.

El interior de la isla se transformó en un territorio de caseríos vacíos, terrazas, bancales y huertas cubiertas por la maleza. La población se desplazó en busca de oportunidades, a causa de las duras condiciones de vida en el campo en la lucha por sobrevivir, mientras la costa de la isla se convertía en el lugar de moda del turismo de sol y playa con una enorme demanda de mano de obra que, primero, construía los complejos de bungalows, hoteles y apartamentos. Luego permanecían como camareros, limpiadoras, jardineros, recepcionistas, etc. Hasta los años 50/60, aquellos terrenos junto al mar, tan improductivos para la agricultura, apenas habían llamado la atención de la población salvo para aposentar las casetas durante los días más calurosos del verano, cuando las familias se desplazaban desde el interior en busca del frescor de la brisa del mar.

Este nuevo paseo nos lleva a un lugar recóndito, una meseta a gran altura donde se divisa todo el sur de la isla. Una montaña que emerge sobre la ‘isla vieja’ y nos sirve de atalaya para ver las cumbres, la costa con las dunas de Maspalomas, las montañas de Guguy, o los barrancos de todo el Macizo del Suroeste. Un lugar no apto para personas con vértigo, aunque sólo se sentirá si nos acercamos al borde de los riscos que bordean la Montaña. Pero, así como las vistas son espectaculares, los hermanos Óscar y Javier Barroso (‘Turinka. Experiencias arqueológicas y culturales’), nos introducen en este espacio que afirman que es conocido como el ‘templo del sol’. Y no se trata de la famosa historia de las aventuras de Tintín, aquel lugar donde se realizaban rituales ancestrales y continuaban adorando a los astros.

Pero Montaña Alta de Tauro no tiene la grandiosidad ni las edificaciones de la ciudadela inca que hoy es una de las maravillas del mundo, en los Andes (Perú). Este Templo del Sol es un gran mirador hacia la isla y el cielo, gracias a la amplia construcción amurallada que se sitúa en lo más alto de la montaña, una especie de recinto amplio con un par de habitáculos que forman parte del conjunto, y varios túmulos funerarios a pocos metros de este espacio, posiblemente de carácter religioso, situado en la vertiente que da al interior de la isla. Pero no es lo único, en la zona que mira hacia el sur, hay un círculo de grandes lajas, sorprendente, junto al risco y a una recóndita cueva. Los usos de estas construcciones son un misterio, pero el lugar en el que se localizan las hace aún más sorprendentes.

El camino de acceso arranca desde la carretera que nos lleva a las presas del interior, mientras que hay otro camino que conduce hasta Mogán en un sendero que hace zigzag por una escarpada ladera. Todo ello rodeado por un pinar que presenta las huellas de incendios que ennegrecen la capa exterior de los árboles, pero cuyos brotes muestran la milagrosa capacidad de esta flora canaria para renacer y resistir a las adversidades climáticas o naturales. Una gran variedad de plantas y flores acompañan este bosque, donde llaman la atención las gamonas y los tajinastes, pero también una fauna consistente principalmente en lagartos, pájaros y una pareja de aves rapaces que dominan desde las alturas de esta montaña casi la mitad de la isla.

Un lugar para sentir el vuelo sobre los barrancos, bosques y montañas, entre la tierra y el sol.

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