Por Míchel Jorge Millares //
Olivia Stone llegó a Gran Canaria el 6 de noviembre de 1883 procedente de Tenerife. En aquellos momentos, el archipiélago estaba constituido como una provincia única con capital en la isla tinerfeña, de ahí que el título que diera la escritora -con el apoyo de su marido: James Stone- a los dos tomos que narran su periplo canario fue ‘Tenerife y sus seis satélites’, destacando la dependencia y diferente nivel de desarrollo entre las distintas islas. La pareja desembarcó a las 6.30 h. en la bahía de La Luz, donde se terminaba de construir el puerto de refugio, y puso pie en la «isla donde se habían librado tantas batallas», citando en otro apartado las luchas contra Drake, Hawkins o el holandés Van der Does. No olvidemos que los tres participaron en la lucha contra la ‘Armada invencible’ en el siglo XVI. Pero esa es otra historia
La viajera se hospedó en la ‘Fonda Europa’, «el mejor hotel de Las Palmas», una casona construida por un británico que fue adquirida y regentada por un isleño. Posteriormente se abrirían por británicos los hoteles Quiney y el Santa Catalina, así como se crearía el primer Club de Golf de España y el Lawn Tennis Club. Stone señala que todas las construcciones de la ciudad tienen azotea y no hay ninguna con tejado. «Parece que hemos dejado a Europa en Tenerife y llegado a África en Gran Canaria, por lo diferentes que parecen las casas».
El mismo día de su llegada, enviaron una carta de presentación al Dr. Gregorio Chil y Naranjo, quien acudió a saludarles, resaltando que cuidaba con esmero «el nuevo museo abierto hace poco», así como comenta que «su libertad de pensamiento ha hecho que resulte molesto para el clero local y, aunque creo que no ha sido exactamente excomulgado por defender ideas darwinistas, sus relaciones con la Iglesia no son muy buenas». Para la escritora, el doctor Chil no sólo sería un referente en cuanto a la información sobre las islas, sino también quien la atendió y curó de unas fiebres en un invierno inusualmente frío en la isla.
En el párrafo siguiente cuenta que «saliendo de nuevo, visitamos al Sr. James Miller, nuestro vicecónsul, para quien teníamos cartas de presentación. Después visitamos al señor Don Agustín Millares [Torres], otro historiador, que también es novelista. Gran Canaria es rica en escritores. Don Agustín nos llevó a su bien surtida biblioteca y, muy amablemente, nos regaló dos de sus trabajos -su ‘Historia de las Islas’ que está en prensa, y su ‘Historia de la Inquisición en las Islas Canarias’ (1874). Por este último trabajo Don Agustín ha sido excomulgado, por lo que me temo que lo que dice sobre esta cuestión debe ser verdad. La ‘Santa Iglesia Católica’ local debe estar muy ocupada excomulgando a todos sus hombres pensantes y cultos. Varios de los que habían sido excomulgados nos dijeron que la condena eclesiástica que había recaído sobre ellos no les preocupaba. Descubrieron que, después de pronunciada, sus cuerpos se encontraban igual de bien y que, en cuanto a sus almas, se consideraban al menos tan buenos católicos como antes, si no mejores. Muchos de los creyentes oficiales nos dijeron que la estima que sentían por aquellas personas que habían sido excomulgadas por defender opiniones científicas avanzadas y el libre pensamiento, era invariable. Por todo esto dedujimos que aquí la excomunión de la Iglesia de Roma ha perdido mucha, si no toda, su antigua fuerza. Teníamos varias cartas de presentación para diversas personas de Las Palmas y entregamos muchas de ellas. Una era para un caballero de la casa comercial de Ripoche, el señor Don Néstor de la Torre, quien, muy amablemente, nos visitó y acompañó a varios lugares”.
No voy a desvelar más datos de esta crónica de viajes que es una delicia y un relato extraordinario de aquella época en la isla que describe con una calidad y profundidad digna de su lectura y relectura. Cargado de datos y situaciones que sólo quedan para la memoria en estas páginas, quiero resaltar la influencia que Olivia Stone tuvo en la literatura de viajes y, sobre todo, en dar a conocer un archipiélago que era escala obligada de las naves británicas en su expansión imperialista. Tan sólo señalar la fascinación que le produjo la arqueología local, la lamentable devastación de los montes, la falta de higiene y recursos, la llamativa exposición de productos en el mercado de Vegueta, o el mal estado de las vías para moverse por la isla (donde había en ocasiones senderos intransitables para caballos, mulas o camellos), entre otras cosas. Sin olvidar la crueldad en el trato con los animales que se exhibía en numerosas acciones de los isleños.
Hay que recordar el gran interés despertado por la isla con las expediciones científicas (Humboldt, K. von Fritsch, George Glas, etc.) previo a la llegada de los numerosos viajeros que dejaron sus obras para desvelar las leyendas de las Islas Afortunadas: Francis Coleman Mac-Gregor, Richard F. Burton, Eugène Pégot-Ogier, Herman Crhist, Frances Latimer, Charles Edwardes, y ya en el siglo XX con Margaret D’Este, Florence Du Cane (probablemente a estas fue dirigida la dura réplica de Néstor Álamo que consideró sus ilustraciones como ‘buganvillas menopáusicas’), e inmediatamente las guías de A. Samler Brown y las expediciones patrocinadas para la National Geographic. Toda una biblioteca que es accesible en ediciones facsímiles y traducidas gracias a las colecciones publicadas por Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, el Centro Canario de Cultura Popular y otras editoriales.
Sí me gustaría recalcar que, gracias a esos librepensadores y comerciantes que cita Olivia Stone, su estancia en la isla fue una experiencia agradable que queda reflejada en sus comentarios sobre las extraordinarias posibilidades de la Gran Canaria (recordemos que pasó aquí el invierno), donde ya se contaba con un museo y se había organizado la sociedad civil en torno al modesto Gabinete Literario y la Sociedad Filarmónica. Primeros pasos de una sociedad moderna que se consolidaría con un mayor autogobierno gracias a la Ley de Cabildos (1912) o la división provincial (1927) que pondrían fin al estrangulamiento económico, administrativo y social (no olvidemos la cuarentena asfixiante que se impuso a la isla tras la epidemia de cólera morbo) de la entonces capital de la provincia única.
Cabe advertir que el próximo 2026 se conmemora (mejor dicho, tendrá lugar porque no hay a la vista celebración alguna) el bicentenario del nacimiento del historiador, novelista y músico Agustín Millares Torres (1826-1896), gran activista social que colaboró en el impulso de las entidades antes citadas, así como de actuaciones como la organización del cuarto centenario de la odisea colombina, dejando la anécdota personal del debate que protagonizó en el Círculo Mercantil de las reuniones para preparar el programa de actos que, en uno de los momentos más álgidos de la discusión sobre el presupuesto disponible para las ideas que se iban sugiriendo, se levantó para decir algo así como “¡Si empezamos a hablar de tonterías me voy!”.


