Un libro relata el plagio de TV que hundió al saxofonista de Los Pekenikes

‘El gran juego de la oca’ en Antena 3. Era el concurso de moda en toda España, un éxito que llegó a superar el 40% de cuota de pantalla. Su padre también estaba en el salón pero no se reía, sabía algo que sus hijos desconocían, un secreto que iba a envenenar a toda la familia. Le dio al botón de grabar para tener pruebas del robo del que supuestamente había sido víctima, una estafa millonaria que todavía no ha podido acreditar, pero que destrozó sus vidas.

Juan Jiménez fue telonero de los Beatles, saxofonista de Los Pekenikes durante medio siglo y programador y productor de espectáculos. Lo tenía todo, pero su mente inquieta buscaba más. Los concursantes caminaban por un tablero gigante, lanzaban un dado electrónico y realizaban pruebas según la casilla en la que caían.

Lo llamó ‘Parquelandia’, pero el 2 de octubre de 1993, cuando encendió la televisión, vio a Emilio Aragón con su esmoquin y a su supuesta idea original cobrar vida. Había invertido todos sus ahorros, hipotecado su casa y vendido su pub para grabar el ‘piloto’ que le habían pedido. Firmó un contrato según el cual asumía los costes de producción hasta la emisión para recuperar luego lo invertido. Pero nadie le avisó de que su proyecto –con otro nombre, el presentador en el que había pensado y con adultos en vez de niños– había recibido luz verde.

Padre e hijo -Lo cuenta su hijo, Daniel Jiménez, en ‘El plagio’ (Pepitas de calabaza), una carta de amor y perdón, de redención y liberación, donde el escritor intenta, a través de la literatura, «lo poético y emocional», buscar la justicia que no han encontrado por la vía legal. No da nombres, pero sí múltiples detalles.

Su padre presentó el proyecto original a tres directivos de la cadena pública, TVE. Los empresarios con los que firmó se mudaron a una TV privada, Antena 3 y, según Jiménez, se llevaron consigo el programa.

Juan Jiménez, acostumbrado a dar guerra tocando el saxofón, cambió los escenarios por los tribunales en una ardua batalla. Obsesionado y arruinado, podrido de rencor por el supuesto plagio, arrastró sin pretenderlo a su familia.

Se convirtió en una especie de Quijote, olvidando, como dice su hijo, que pelear contra molinos de viento es «un idea hermosa, idealista, pero luchar por las causas perdidas te acaba consumiendo la vida».

Además de la queja velada, Daniel Jiménez pretende con ‘El plagio’ dejar «atrás el trauma heredado», cerrar con este libro el círculo. «Durante la escritura paso de ser hijo a ser padre. Es mi versión sobre quién ha sido mi padre, por qué se ha comportado así, qué puedo rescatar de todo lo que me ha enseñado y de lo que se ha podido equivocar y enseñárselo a mi hijo», admite a ABC.

Su padre, explica, se gastó unos 64 millones de pesetas en la grabación de un piloto que luego vio, casi sin cambios, en televisión; ahora, con 75 años, después de ser desahuciado y sufrir el suicidio de una hija, vive en un pueblo de 500 habitantes con la pensión mínima, sin poner la calefacción porque no puede costear las facturas. Ante la incapacidad de hacer justicia, reclama el dinero que malogró, «ya que no le van a restituir los años que ha perdido, de batalla, de desesperación y de rabia. No se los pueden devolver».

Puede parecer un delirio, un caso perdido. Pero el escritor, que ha crecido con el empeño del músico, lo defiende: «No hay ninguna farsa ni paranoia de mi padre, es real». «Lleva la razón. Tenemos documentos que lo atestiguan, los registros de la propiedad, el programa grabado. Hay una demostración en los vídeos que tiene mi padre, que no sé si saldrán a la luz en algún momento, de cómo era la dinámica del programa, en el que participé y gané», confiesa el autor.

La denuncia de Juan Jiménez no prosperó y hasta le intentaron sobornar para que olvidara todo. Según él, uno de los directivos le ofreció una cinta con la idea de otro programa mientras esperaba. Dijo no y siguió con su cruzada. Tras ocho años de maraña legal, la jueza lo desestimó porque, adujo, se inspiraba en el tradicional juego de mesa, que es de dominio público, y estaba protagonizado por adultos y no por niños, como ‘Parquelandia’.

La traición del abogado

Nadie hizo caso a Jiménez. Ni siquiera su abogado, amigo de uno de los directivos, que presentó tarde el informe pericial. También le confesó que había mucho dinero de por medio y le aconsejó que cogiera los 300.000 euros que le ofrecían sin saber que Juan Jiménez, que maneja el instrumental como nadie, le estaba grabando. Con ese testimonio robado interpuso otra demanda contra él por mala praxis, aunque se desestimó al ser obtenida sin consentimiento. Ahora el recurso está pendiente de resolución en el Supremo.

Mientras espera, Juan Jiménez imita a su hijo. Ha terminado el libro ‘Historia de un plagio’, un ejemplar de 400 páginas «muy farragoso, largo», en el que va frase por frase de la sentencia negándola, poniendo su versión de los hechos, con los documentos, con los contratos escaneados. «Yo he intentado un ejercicio literario, sin quedarme expuesto a que me demanden. Mi padre quiere ir con las personas concretas, con sus nombres y sus apellidos y todo lo que conllevó, sin esconder nada», admite Daniel Jiménez.

En las últimas páginas de ese libro inédito, Juan Jiménez pide perdón a su mujer y a sus hijos «por haberles involucrado en un proyecto que solo nos ha traído tristeza, ruina, sufrimiento y desilusión».

También ‘El plagio’ es, a su manera, la disculpa de un hijo a su padre, el homenaje a una familia que siempre se ha quejado de que no escribía cosas bonitas.

Fuente: ABC @luciacab

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